Transformar el dolor en gasolina creativa es algo que solo una artista puede hacer cuando ha nacido para ello. Al menos, eso es una de las cosas más difíciles de explicar para Denise, diseñadora de Maissonave. Desde Argentina hasta Londres, y con un currículum del que pocos pueden presumir, su trayecto no ha sido fácil.
Denise tiene veintiocho años y hace siete años que vive en Londres. “Latina y escorpiana”, así se define ella misma: leal a su intuición, a su familia y a la misión de crear para poder conectar. Formada al lado de nombres como Luis De Javier y Mowalola, hoy lidera su propia marca, un proyecto que mezcla cuero reciclado, serigrafía, lentejuelas y encaje sublimado con las referencias que la formaron: Fotolog, la cumbia villera, las tribus urbanas de los 2000 y la experiencia de ser inmigrante en una ciudad que todavía le exige demostrar (renovación de visa tras renovación de visa) que merece quedarse. Su colección debut, Leave to Remain, es precisamente eso: un ejercicio de humor, distancia y fuerza. Hablamos con ella sobre identidad, moda y lo que significa construir un universo propio entre Buenos Aires y Londres.
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Hola, Denise. ¿Podrías presentarte para la gente nueva?
Soy Denise, tengo veintiocho años y soy una diseñadora argentina. Vivo en Londres hace siete años. Latina y escorpiana, leal a mi intuición, a mi familia y a la misión de crear para poder conectar.
Buenos Aires, Londres y, en el medio, Luis De Javier y Mowalola. ¿Cómo conectas esos mundos en tu cabeza?
Son mundos que formaron y siguen formando parte de mi identidad, siempre en evolución y en conversación constante. Crecer en América del Sur me enseñó a valorar la cultura del trabajo, el esfuerzo y, sobre todo, los vínculos. Londres, para mí, representa oportunidad, disciplina e innovación. Hay muchísimo talento e intercambio cultural, y eso es muy atractivo para mí, pero también puede sentirse como una ciudad muy solitaria si no encontrás tu propio ritmo.
Luis y Mowa representan esa misma mezcla entre visión, identidad y ambición creativa. Creo que todo eso encapsula bastante bien quién soy: alguien en constante movimiento pero sin olvidarse nunca de su origen.
¿Qué fue lo primero que aprendiste al lado de Luis De Javier y Mowalola que ninguna escuela de diseño te podría haber enseñado?
Los dos me enseñaron, desde lugares muy distintos, lo que significa sostener una visión propia, confiar en uno mismo y construir un universo alrededor de una identidad. También me ayudaron a entender mejor quién soy como creativa y cómo quiero trabajar dentro de mi propia práctica. Entendí muy rápido que en la moda el talento solo no alcanza. Tener una marca es carísimo y hay muchísimos procesos, personas y decisiones que en la universidad casi no se ven. La industria también tiene reglas y barreras que no afectan a todo el mundo de la misma manera. Aprendí a no dejar que esas reglas definan hasta dónde puedo llegar y a romperlas cuando hace falta.
Eso conecta con mi propia historia: venir desde tan lejos y seguir avanzando a pesar de las trabas que el sistema puede poner para cortarte las alas, seas mujer, inmigrante, queer, una persona de color, de clase trabajadora o formes parte de cualquier otro grupo históricamente marginado.
¿Siempre quisiste ser diseñadora? ¿Cómo surge este interés por la moda?
Desde que tengo memoria. Siempre tuve una atracción medio inexplicable por la ropa y por cómo podía hacerme sentir. Elegía cosas que me daban confianza y me hacían sentir distinta a las otras chicas de mi edad. Me acuerdo de sacarle ropa y maquillaje a mi mamá mientras trabajaba y ponerme diosa para ir al médico o al kiosco, como si estuviera yendo a una pasarela. Todavía tengo una entrada en mi ‘querido diario’ donde cuento cómo logré convencerla de que por fin me comprara algo negro. Tenía siete años.
La ropa siempre fue una forma de crear mundos y personajes propios, pero también un refugio al que podía volver. Todas mis referencias terminan conectándome con la moda: la música, el cine, los libros, las novelas y los programas que veía de chica.
“La industria tiene reglas y barreras que no afectan a todo el mundo de la misma manera. Aprendí a no dejar que esas reglas definan hasta dónde puedo llegar y a romperlas cuando hace falta.” 
Tu punto de partida es la cultura latina de nicho, que se estetiza, pero rara vez reconoce a sus autorxs desde dentro. ¿Cuándo fue la primera vez que lo notaste y te molestó?
Creo que cuando llegué a Londres. Nuestra cultura está muy de moda pero muchas veces se confunde lo verdaderamente latino con una imitación. No creo que exista una sola forma de ser latino. Cada persona y cada país lo viven de una manera distinta, y una identidad no se puede reproducir simplemente copiando ciertos códigos estéticos.
Me molesta ver a ciertas personas construyendo carreras enteras alrededor de nuestra cultura, especialmente dentro de la industria musical, sin entender la experiencia de la diáspora, la incertidumbre o la lucha constante. Mucha gente nos asocia con la cumbia o el reggaetón, pero después ni siquiera sabe ubicarnos en un mapa. Mis caps y bolsos son, en parte, un comentario irónico sobre ese encasillamiento. La cultura latina intenta celebrar la vida más allá de las dificultades. Eso es contagioso y atractivo pero también invita a otros a tomar prestado sin entender realmente de dónde viene.
Si Maissonave fuese una canción, ¿cuál sería y por qué?
Let Me Think About It, de Ida Corr y Fedde Le Grand. Me lleva directo a descargar música y virus en Ares o a ir a bailar al Dance Dance Revolution. Tiene algo nostálgico, chic, hot y memorable.
Fotolog, cumbia, tribus urbanas de los 2000; tienes muchas referencias. Cuéntanos un poco más sobre ellas y de dónde vienen.
Parten de mi experiencia y de la de muchos preadolescentes y adolescentes que crecimos en internet en Buenos Aires. Fotolog era algo así como el MySpace sudamericano: una red social donde podías subir una sola foto por día y dejar comentarios, antes de Facebook o Instagram. Era una especie de portal personalizado que hoy solo encontrarías en lo más profundo de internet. :( Era un lugar para encontrar comunidades y formar identidades muy específicas, como los floggers. También había muchísimo intercambio musical: cumbia villera argentina, tecktonik, bloghouse y electro.
Creo que esa era la lógica de las tribus urbanas: generar una identidad y un sentido de pertenencia tan definidos que, si no te interesaba entenderlos de verdad, directamente no encajabas. Era una forma de asegurarse de que fueras leal, auténtico y no careta. Son referencias que forman parte de mi memoria y que quiero seguir reinterpretando a través de mi trabajo.
Ahora hablemos de tu colección. Leave to Remain es un nombre muy cargado. ¿Hubo un momento concreto siendo inmigrante que lo cristalizó todo?
El nombre parte del término que se usa en Reino Unido para referirse al permiso de permanecer en el país. Leído literalmente como ‘irse para permanecer’, refleja casi exactamente mi recorrido hasta ahora. Después de siete años, atravesando lo que ahora es mi cuarta renovación de visa y destinando una parte enorme de mis ingresos a trámites migratorios, todavía tengo que seguir demostrando que soy digna de vivir acá. Es una experiencia que informa mucho mi trabajo y mi marca, desde el dolor, pero también desde la fuerza de seguir peleando por la vida que construí en
Londres: por los vínculos que formé, por la marca que creé y porque, de una forma rara, esta ciudad ya se siente como mi casa.
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Estampas inspiradas en tu propia visa. ¿Qué sentiste la primera vez que viste esa pieza terminada?
Creo que me reí. A veces mi vida se siente como una gran parodia o como una película de la que soy espectadora, y con la marca intento hacer algo parecido. No ridiculizar lo que me pasa, sino tomar distancia, ponerlo en perspectiva e intentar no tomármelo todo tan en serio. Supongo que también es un mecanismo de defensa.
Cuero reciclado, serigrafía, lentejuelas, encaje sublimado. ¿Cómo llegaste a esa mezcla técnica tan específica?
Experimentando en la universidad. Hace mucho tiempo que estoy obsesionada con las lentejuelas, el cuero y el encaje, y me interesa encontrar maneras distintas de intervenirlos y combinarlos, tanto desde la estampa como desde la confección. Gran parte de mi proceso consiste en probar cómo responde cada material: imprimir sobre cuero, sublimar encaje o unir lentejuelas y retazos individuales hasta construir una superficie nueva. Muchas veces el punto de partida es empujar un material hasta que casi deja de ser lo que era, sacarlo de su lugar habitual y ver qué pasa.
¿Qué es lo ornamental y qué es lo crudo para ti? ¿Dónde está el límite?
Lo ornamental es la superficie que cubre una base más cruda, que es la esencia. No los veo como opuestos: ambos son importantes y uno no existe sin el otro. Un poco como la Denise de Bs. As. y la Denise de Londres. Lo ornamental puede agregar, proteger o transformar, pero lo crudo es lo que sostiene todo por debajo. El límite cambia constantemente y es justamente lo que pasa ahí lo que me interesa.
Como diseñadora, ¿cuáles son tus fuentes de inspiración?
Música, siempre. Tuve una infancia bastante musical: hice canto y coro, toqué el saxo alto durante varios años e hice distintos tipos de baile, entre ballet, electrónica y tap. Hasta llegué a grabar un disco en un estudio, con producción y todo, cuando tenía once años. Hice un cover de Like a Prayer, de Madonna, y le puse That’s the Way It Is como título. Lol.
Mis hobbies preferidos eran invitar amigas a casa y armar coreografías que después dibujábamos en un cuaderno paso por paso. También pasaba horas en Yenny, un negocio donde vendían CDs, películas y libros. Podías escuchar los discos con auriculares antes de comprarlos y yo siempre me iba con uno nuevo para mi colección. Hoy no hago música pero es algo que tengo pendiente volver a explorar y que, de alguna forma, siempre termina entrando en lo que hago.
“La cultura latina intenta celebrar la vida más allá de las dificultades. Eso es contagioso y atractivo pero también invita a otros a tomar prestado sin entender realmente de dónde viene.”
¿Cómo describirías a la chica Maissonave? ¿Quién es, qué escucha, dónde vive?
La chica Maissonave se arregla aunque solo vaya a la esquina y se reinventa a sí misma todo el tiempo. Es femenina, sensible y un poco intensa. Usa la ropa para sentirse más fuerte, más sexy y acercarse a la mujer que quiere ser. Escucha música fuerte y vive entre recuerdos y ciudades grandes. Aunque cambie constantemente, nunca se olvida de dónde viene.
¿Hay algo de la cultura underground argentina que Londres todavía no termina de pillar?
Mmm, no sé si las compararía así, porque no creo que fuera del todo justo. Siento que tienen bastante en común. En ambas hay mucha libertad de expresión, individualismo y una necesidad de construir identidad por fuera de lo establecido. Obviamente nacen de contextos muy distintos, pero justamente por eso me resulta tan natural moverme entre las dos. Lo mejor del primer y tercer mundo, já.
¿Qué parte del proceso creativo te resulta más difícil de explicarle a alguien de fuera de tu mundo?
Transformar el dolor en gasolina creativa.
Si tuvieras que recomendar una canción, una peli y un sitio de Buenos Aires para entender de dónde viene todo esto, ¿cuáles serían?
Difícil, pero quizás Tiro Tiro, de Ilan Amores con Damas Gratis. Más que una película, diría una telenovela: Rebelde Way. Y, por último, el barrio de Once, donde encontrás las mejores telas y chucherías baratas.
¿Qué sigue después de lanzar tu colección? ¿Cuál es el siguiente paso o hacia dónde quieres ir?
Quiero profundizar mucho más en mi propia voz y en el lado artesanal de la marca. Seguir explorando hasta dónde puedo llevar los materiales y las técnicas. También tengo ganas de hacer eventos curados tanto en LATAM como en Europa, donde la gente pueda venir y experimentar Maissonave en persona. Me gusta imaginar hacia dónde puede crecer. Siento que recién estoy empezando a entender en qué se puede convertir.
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