Hay personajes que evolucionan y otros que se transforman a través de las heridas. En La nena, la nueva entrega del universo creado por Carmen Mola, Chesca regresa convertida en alguien radicalmente distinto a la mujer que conocimos en La novia gitana y La red púrpura. Tras sobrevivir a una experiencia de violencia extrema a manos de la organización que da nombre a la segunda entrega, la inspectora parece haber dejado atrás cualquier rastro de miedo para abrazar una única obsesión: encontrar a los responsables de su sufrimiento y hacerles pagar por ello. Lo que emerge de esa búsqueda no es solo una víctima que intenta recomponerse, sino una figura impulsada por una idea de justicia tan personal como devastadora.
La serie lleva al personaje a territorios especialmente oscuros, atravesados por la sangre, el trauma y la venganza. Chesca ya no confía en los límites que imponen las instituciones ni en los mecanismos tradicionales para reparar el daño. Su camino es el de alguien dispuesto a cruzar líneas que antes parecían infranqueables, convirtiéndose en uno de los personajes más complejos, incómodos y fascinantes de la saga.
Para Lucía Martín Abello, interpretar esta nueva etapa ha supuesto un reto emocional de enorme intensidad. En esta conversación hablamos con la actriz sobre la construcción de una Chesca marcada por el dolor y la supervivencia, las secuelas que deja habitar personajes tan extremos y las preguntas que plantea una historia que obliga a reflexionar sobre la violencia, la reparación y los límites de la justicia cuando todo lo demás ha fallado.
En La nena, Chesca deja atrás cualquier atisbo de inocencia y entra en un territorio mucho más oscuro y violento. ¿Cómo fue para ti entender en qué punto emocional estaba después de todo lo vivido en La red púrpura?
Entre vosotras y yo, dudo mucho que Chesca haya manejado la inocencia en los últimos años de su vida (risas). Acercarme al punto emocional en el que se encontraba no fue muy complicado. Venía de estar secuestrada por la Red Púrpura, sufriendo una tortura inhumana y las peores vejaciones. Lo más complejo fue llevar todo eso a cabo.
Esta temporada parece construida desde el dolor y la rabia de Chesca. ¿Crees que sigue buscando justicia o ya está completamente consumida por la venganza?
Creo, honestamente, que ella busca justicia a través de su venganza. No contempla otra alternativa ni otra forma de llevarla a cabo y, después de caminar con ella durante tres años, me parece totalmente lícito.
Hay algo casi animal en la manera en la que Chesca actúa ahora: impulsiva, salvaje, despiadada. ¿Cómo trabajaste esa transformación desde lo físico y lo emocional?
Traté de plasmar las heridas de Chesca desde dos universos: el sufrimiento animal y la realidad del maltrato y los abusos que vivimos las mujeres año tras año. Por desgracia, tengo varias mujeres a mi alrededor con testimonios muy dolorosos. Chesca no deja de ser un animal herido, apaleado y vejado. Físicamente hay algo que la paraliza, que la bloquea y la ahoga, pero, pese a su coraza de músculo y semblante serio, sigue teniendo un latido frenético que le recuerda cada segundo todo lo vivido durante la tortura.
“Traté de plasmar las heridas de Chesca desde dos universos: el sufrimiento animal y la realidad del maltrato y los abusos que vivimos las mujeres año tras año.”
Muchas veces el espectador empatiza con personajes que cruzan límites morales cuando entiende el trauma que arrastran. ¿Te daba miedo que Chesca dejara de resultar humana o precisamente querías abrazar esa incomodidad?
En lo creativo suelo ser muy partidaria de abrazar la incomodidad, y con Chesca no fue distinto. Nunca planteé este personaje para que ‘cayera bien’. Creo que es casi imposible juzgar a Chesca en esta tercera temporada por cómo transita cada momento, a menos que seas una persona vacía y sin empatía (risas). A veces lo humano tiene partes crudas y oscuras, y eso también forma parte de nosotros.
En esta temporada hay escenas especialmente crudas, llenas de sangre y violencia. ¿Hubo alguna secuencia que te removiera especialmente durante el rodaje?
En esta tercera temporada hay muchas secuencias que me han atravesado y removido mucho, pero tres de ellas fueron el flashback de su violación, el capítulo con Rosario, alias Charo, y la secuencia de despedida con Orduño.
¿Cómo se prepara una actriz para habitar un estado emocional tan extremo durante semanas o meses sin que termine afectándole personalmente?
Durante la preparación traté de mentalizarme de todo lo que queríamos mostrar y de qué forma. Intenté comunicarle a mi cuerpo que íbamos a transitar por lugares muy complejos y dolorosos. Pero la cabeza y el cuerpo no siempre dialogan en el mismo idioma. Son códigos diferentes y hubo muchos aterrizajes en casa después del rodaje en los que no pude desligarme, ni cenar, ni dormir. El cuerpo, después de habitar determinados estados con picos de adrenalina, dolor psicológico y trauma, tarda un tiempo en abandonarlos. Así que lo abracé de la mejor forma que pude, sabiendo que es parte de mi trabajo como actriz.
Chesca parece haber perdido el miedo porque siente que ya lo ha perdido todo. ¿Qué descubriste sobre ella al explorar ese lugar tan límite?
Descubrí que, incluso cuando aparentemente lo has perdido todo, nunca dejarás de tenerte a ti misma. Y, por muy solitario que sea ese lugar, solo eso ya merece una pausa y una mirada introspectiva.
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Hay personajes que se interpretan y otros que casi se sobreviven. ¿En qué categoría pondrías a Chesca en esta etapa?
Con Chesca me ubico en todas las categorías posibles (risas). Empecé interpretándola en la primera temporada con toda la lealtad y la violencia que la caracterizan, pero continué un camino en el que la he disfrutado muchísimo, me he reído con ella y también la he sufrido sobremanera.
¿Sentiste que esta temporada te exigía más emocionalmente que las anteriores? ¿Hubo momentos en los que necesitaste tomar distancia del personaje para protegerte?
Ya en la segunda temporada de La red púrpura sentí que, a nivel emocional, se nos venía un viaje tremendo. Pero sí, sin duda, esta tercera temporada se lleva la palma. Las veces que pude tomar distancia de Chesca durante el rodaje fueron pocas. Tuve que forzarlo demasiado y tampoco me sentía cómoda haciéndolo. Fue un trabajo de inmersión, para lo bueno y para lo malo, que merecía la pena y que sentí que le debía.
En medio de tanta oscuridad, ¿encontraste algún gesto, mirada o pequeño detalle que todavía conecte a Chesca con quien era antes?
Bajo mi punto de vista, Chesca no se desdibuja ni se abandona por completo. Siempre hay pequeñas cosas que hacen aflorar a quien fue hace tiempo: una mirada de Mariajo, la compañía de Orduño, su sentido de la justicia...
Simplemente se vuelca por completo, con todo lo que eso implica, para llevar a cabo la venganza que necesita.
La serie plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando las instituciones no bastan para reparar el daño? ¿Crees que Chesca representa una fantasía de justicia o una advertencia sobre lo que puede hacer el trauma?
Pregunta incómoda pero terriblemente necesaria, si me permitís el apunte. Ambas opciones me parecen igual de válidas y realistas. Chesca no deja de ser una de las muchas fantasías que genera el imaginario de tantas mujeres que se han encontrado totalmente olvidadas, apartadas y desprotegidas por parte de un sistema y unas instituciones supuestamente capaces. Y sí, nunca jamás subestimes a una mujer herida.
“Chesca no deja de ser una de las muchas fantasías que genera el imaginario de tantas mujeres que se han encontrado totalmente olvidadas, apartadas y desprotegidas por parte de un sistema y unas instituciones supuestamente capaces.” 
Como actriz, ¿cómo equilibras el juicio moral hacia las acciones de un personaje con la necesidad de defenderlo emocionalmente?
A la hora de encarar un personaje trato de no caer demasiado en juzgarlo ni equipararlo con mis propios valores y principios. Aunque siento que todas, como actrices y personas creativas, tenemos una fina línea roja. Quizá todo dependa de cómo se estructure el proyecto en cuestión, desde dónde se enfoque y cómo se cuente.
A nivel interpretativo, ¿qué ha sido lo más difícil de mostrar en esta nueva versión de Chesca: la violencia exterior o todo lo que se está rompiendo dentro de ella?
Sin duda, lo más complejo de llevar a cabo ha sido todo lo que se iba resquebrajando poco a poco en su interior y, en determinados momentos, tener que mostrarlo con cierta sutilidad o mesura. Curiosamente, eso suele resultar más atractivo de cara a las espectadoras.
El camino de Chesca parece inevitablemente trágico, como si estuviera condenada desde el momento en que decide tomarse la justicia por su mano. ¿Tú también sentías esa sensación de no retorno al interpretarla?
Sentía que se estaba lanzando al vacío sin saber con certeza lo que iba a encontrarse. La jugada podía salir muy bien o terriblemente mal, pero ahí está ella, tirando de ovarios y entrañas para olvidar ese riesgo y llevarlo a cabo. Aunque, tratándose de Chesca, siempre puede haber un retorno.
Después de convivir tanto tiempo con un personaje atravesado por el miedo, la rabia y el dolor, ¿te ha dejado alguna huella personal o alguna reflexión sobre la violencia y la capacidad humana para sobrevivir?
Me ha dejado bastante huella, para qué lo vamos a negar (risas). Pero si hay una reflexión clara es, por desgracia, la capacidad que tenemos las mujeres heridas, quizá algunas, quizá solo unas pocas, tampoco quiero generalizar, de arrasar con todo lo necesario para sentir que se hace algo de justicia, aunque nos dejemos literalmente la piel en ello. Cuando ejercen violencia sobre ti, en cualquiera de sus formas, te anulan por completo y te degradan al peor de los escalafones.
Me enorgullece enormemente haber podido crear en la ficción un referente femenino como Chesca. ¿Es la mejor forma de llevar a cabo la justicia? Quizá no. ¿Gozan hoy las mujeres de tranquilidad, equidad o de una respuesta eficaz y satisfactoria cuando sufren acoso o abuso? Claramente, tampoco.
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