Un ordenador, tres ratas vestidas de traje y las voces de tu cabeza. En un momento en el que la industria parece premiar la cantidad por encima de la calidad, la tarde madrileña del pasado martes se volvió crítica y simbólica. Liz Forte presentó su nuevo álbum, Rat race, en una listening party que fue, más allá de música, una declaración. La Sala Boite se transformó por unas horas en un espacio donde la ansiedad, la presión social y la rutina fueron puestas bajo el foco con crudeza, pero de una manera profundamente humana.
Forte lleva tiempo afinando su discurso. Quienes la conocen desde sus primeros trabajos ya intuían su capacidad para hablar desde dentro, para exponer lo que muchos sienten pero no logran verbalizar: el vértigo de vivir en un mundo cada vez más vacío, más rápido, más absurdo. Rat race no es una excepción. Es su obra más directa, más concisa y, quizás por eso, más afilada.
Las letras, aunque breves, están cargadas de una fuerza casi visceral. No necesitan metáforas recargadas, Forte sabe disparar con pocas palabras. Habla de la vida de oficina como símbolo de una sociedad que premia la obediencia, que aplasta la creatividad y que convierte a las personas en piezas reemplazables.  “Casa, coche, curro” no suena como una meta, sino como una trampa. Es un ejercicio de honestidad que abarca 10 canciones y busca sacudir más que agradar.
Por si eso no bastara, en mitad de la sesión irrumpieron en la sala tres figuras humanas disfrazadas de ratas. Subieron al escenario, se acercaron a Liz y le sentaron frente a un ordenador. La obligaron a escribir y a trabajar, mientras su música seguía sonando. 
Una performance que funcionó como imagen viva de lo que se denuncia en cada tema. La imposición de la productividad, el control, el sinsentido de una rutina impuesta que nadie pidió. No hubo discurso explicativo, no hizo falta, un martillazo hizo el resto. El gesto hablaba por sí solo.
Rat race se siente como una bofetada a esa lógica. No hay relleno, no hay concesiones. Es un disco que duele, pero que también alivia. Porque en medio de tanta alienación, alguien se atrevió a decirlo en voz alta.
La listening party fue un acto de resistencia en el que el artista presentó una postura. Una forma de mirar (y rechazar) el mundo que nos está tragando. Y sí, había pizza, pero incluso eso, como todo lo demás, tenía sentido. Compartir algo real, tangible, entre gente que siente lo mismo. Porque en un mundo donde todo parece usar y tirar, Rat race no se olvida.
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