Con la publicación de Todos vamos a morir, Laaza no solo recupera una de las canciones que la pusieron en el mapa digital, sino que la transforma en un manifiesto asfixiante sobre la obsesión por la eterna juventud y el final que, queramos o no, luchemos contra él o no, nos espera. Este tema supone el inicio de una nueva era para la barcelonesa, que llega cargada de minimalismo, oscuridad y pura emoción.
Hay algo profundamente perturbador en la forma en que Laaza nos mira desde sus canciones. Si en su álbum debut, Canciones para olvidarte, exploraba una vulnerabilidad confesional que rozaba el susurro, en esta nueva etapa decide presentarse sin filtros ni retoques. Ya no busca consuelo por un desamor; ahora busca una verdad cruda. La artista disecciona con una ironía gélida esos mecanismos de evasión que consumen nuestro tiempo: la cirugía plástica, el estatus, el consumo de sustancias y, sobre todo, esa sed insaciable de validación digital que nos hace creer que somos eternos tras una pantalla.
Todos vamos a morir no nos habla de la muerte como amenaza, sino como verdad ineludible frente a la que no hay cremas ni discursos que valgan. Comentarios, historiales y deseos ocultos que permanecen flotando en el ruido mientras la realidad biológica nos recuerda nuestra fecha de caducidad.
Esta reedición (porque es una versión extendida de una de sus canciones virales) no es solo un regalo para sus seguidores de TikTok; es una declaración de intenciones. Marca el inicio de una era donde lo estético convive con una oscuridad sin concesiones, y que dejemos huella o no, al final, no quedará nada.