Si mirar un cuadro de La Ruman es un placer, hablar con ella lo es aún más. Es como meterse en una escena de Almodóvar porque, sí, podría ser una de sus chicas. Desbordante, pasional, con el drama bien asumido y un estilo que pisa fuerte. Su arte es un altar a la mujer, a esa que ha vivido, reído y fumado más de la cuenta. A las que caminan con poderío, a las que tienen, como ella dice, “un coño bien grande” y ese brillo en los ojos que, según Lola Flores, “no se opera”.
La Ruman no es de minimalismos, ni en su obra ni en su forma de estar en el mundo. Se define como “señora costumbrista ibérica”, lo que se traduce en exceso, drama y detalles que relucen más que el oro de la Macarena. Su universo está poblado de brujas, folclóricas, santas de barrio y mujeres que parecen salidas de un romance antiguo o de una novela de Alana S. Portero. Pero, en realidad, su inspiración viene de más cerca: “Mi hermana, mi madre, mis tías y primas, mis amigas y todas las mujeres a las que admiro e idolatro”. Mujeres de carne y hueso, diosas terrenales con el descaro de una vedette y la dignidad de una virgen barroca.
Y es que ella misma es un personaje de su propio pincel. Verbo afilado, cigarro en mano y un sentido de la estética que haría sudar a cualquier devoto del menos es más. Así que, antes de que el vermú pierda su punto, arrancamos con la primera pregunta.

¡Bienvenida a ACERO! Un gustazo tenerte aquí. Para conocerte mejor, vamos con esta pregunta: ¿quién es La Ruman cuando nadie la está mirando?
Hola, queridas amigas de la quincalla. Pues mira, como cuando nadie me está mirando yo sí que me miro, soy una señora y una esteta empedernida, como los carteles de cerrajería, veinticuatro horas.
Cada uno de tus cuadros tiene un universo propio, pero si tuvieras que habitar uno para siempre, ¿cuál sería y por qué?
Cada uno tiene su propio universo… qué bonito. Sí, pero al final, todos esos miniuniversos son parte del mío, así que no podría quedarme solo con uno. Es como la música: no podría elegir un solo estilo para escucharlo siempre y olvidarme del resto, porque, como dice el refrán, lo poco agrada y lo mucho enfada.
Tus cuadros parecen mundos habitables, pero en algunos hay una fuerte carga simbólica, como en La Amortajá, un autorretrato donde te presentas en un contexto funerario. ¿Por qué? ¿Es un autohomenaje, un memento mori o un guiño a la eternidad artística?
Pues la carga simbólica, para mí, es algo importantísimo, pero cada quien le da su propio significado a los símbolos. Es algo muy personal, creo yo, a veces difícil de explicar. También pienso que no hace falta explicarlo todo. Así que, si te lo parece, puede ser cualquiera de las tres cosas. Quise pintar mi lápida porque, normalmente, cuando uno se muere, lo máximo que puede elegir es si lo entierran o lo incineran, o si quiere poner alguna frase en su nicho, poco más. Pinté ese cuadro porque quise imaginarme cómo sería mi lápida si pudiera diseñarla yo.
Si en el futuro hicieran un exvoto en tu honor, ¿cómo lo imaginas? ¿Cuál sería el tributo perfecto a La Ruman?
Ayyyy, pues me alegro de que me hagas esa pregunta! (Risas). Porque es algo que tengo clarísimo desde hace años. Quiero hacer un Museo Casa Ruman pero en vida, no que me lo hagan cuando la espiche. Quiero crear un lugar donde viva y trabaje (vamos, mi casa), todo puesto monísimo y con mis cuadros. Y, una vez al año o así, abrir las puertas al público a modo de exposición, para que la gente pueda venir a ver la nueva cosecha de obras (y, con suerte, comprarme alguna para que pueda seguir trabajando). Y, por supuesto, yo les agasajaría como buena anfitriona, con banderillas y vermú, y si estoy boyante, compraría una paletilla también.
“Soy como Julio Iglesias: me gustan las mujeres, me gusta el vino. (Aunque no soy una truhana, soy una Señora).”
Tu obra es un panteón de mujeres. ¿Quiénes son? ¿Musas, santas, brujas o todas a la vez?
¡Sin duda, todas a la vez! A veces son mis amigas, que me dejan pintarlas, gracias a Dios; a veces son inventadas, y a veces son versiones de mujeres ya retratadas por otros pintores. Eso en lo físico. Pero, en realidad, son mi hermana, mi madre, mis tías y primas, mis amigas y todas las mujeres a las que admiro e idolatro. Soy como Julio Iglesias: me gustan las mujeres, me gusta el vino. (Aunque no soy una truhana, soy una Señora).
¿Qué deben tener esas mujeres para que te entren ganas de pintarlas?
Supongo que, para que me den ganas de pintar a alguien, debe tener brillo en los ojos, que, como decía Lola Flores, eso no se opera, y un coño gordo. En sentido figurado, una fuerza y un arrojo que son cualidades típicas de la mujer.
Cuando las estás creando, ¿te imaginas a cada una de ellas fuera del cuadro?
Casi no tengo que imaginármelas porque las veo literalmente todos los días: en la calle, en los bares, en mi casa. Son ellas las que me inspiran y a quienes rindo tributo en mis cuadros.
Desnudos, velos, joyas y dagas. ¿Estética, símbolo o simplemente drama visual? Nos encanta la intensidad, pero ¿qué hay detrás de todos esos detalles y objetos que se esconden en cada obra?
Pues justo eso: una mezcla de estética, simbología y drama visual. Como diría La Lupe, ¡puro teatro!

Tu obra evoca un romancero. Si tus mujeres pudieran hablar y cotillear con las mujeres de los romances antiguos, ¿qué crees que se dirían?
Pues se dirían de todo, se amarían y se odiarían, se tirarían de los pelos y también se los peinarían mutuamente, pero, desde luego, se comprenderían a la perfección, porque los romances antiguos tratan temas atemporales, y los dramas actuales, en esencia, son los mismos que los clásicos, creo yo. Las cosas del querer no tienen fin ni principio.
Me encanta, qué bonito. Hablando de detalles que enmarcan historias, tus marcos barrocos llaman mucho la atención. ¿Qué importancia tienen en tu obra?
Absolutamente toda la del mundo. Un cuadro sin marco es como un día sin pan o como una Gilda sin piparra: no tiene razón de ser ni sentío. Yo siempre busco el marco antes de pintar el cuadro. Así no tengo que enfrentarme a un lienzo en blanco, sino que parto de un espacio bien definido, y, si puede ser bien barroco, mejor. Desde luego, el minimalismo no es para mí.
Otro elemento clave son los azulejos en tus cuadros, que nos llevan directo al sur. Naciste en Almería, ¿cómo crees que tus raíces se cuelan en tu arte?
Pues yo creo que en todo, también. Aunque me fascinan e inspiran otras culturas, y mucho, siento devoción por la mía. Me he criado en un pueblo muy pequeño, Bayarque se llama, en la Sierra de los Filabres. Tengo la suerte de haber crecido rodeada de mujeres fuertes y hermosas. Son ellas, su mundo y sus costumbres las que han inspirado el mío, tanto en lo estético como en lo sentimental.
Muchas de tus obras combinan lo religioso con lo mundano, además de tener toques espirituales. ¿Te consideras religiosa?
Me considero una señora costumbrista ibérica. Religiosa en el sentido clásico, no. Soy más bien religiosa a mi manera, de forma natural y sin doctrina, vamos. Pero lo que es un altar… eso me pierde más que nada en el mundo. Mis altares son más bien paganos, y aunque la imaginería religiosa me flipa (diosito sabe que sí), desde luego son otros santos a los que les rezo.
“Tengo la suerte de haber crecido rodeada de mujeres fuertes y hermosas. Son ellas, su mundo y sus costumbres las que han inspirado el mío, tanto en lo estético como en lo sentimental.”
¿Cómo se traduce eso en tu proceso creativo? ¿Cómo es un día de trabajo para ti? Y si nos coláramos en tu estudio, ¿qué sería lo más raro que encontraríamos?
Pues es bastante más normal de lo que pueda parecer, aunque sí que es un poco anárquico, porque no funciono muy bien con horarios fijos y esas cosas. Trabajo mejor cuando siento que estoy sembrá, y eso, desde luego, no es de lunes a viernes de nueve a seis. Entonces, un día de trabajo me resulta productivo cuando ha tenido un poco de todo: un poco de goce y disfrute, y un poco de encerrarme a currar. Tengo la suerte de dedicarme a lo que me apasiona, y eso es un privilegio y una bendición total.
Tu obra tiene aires de Frida Kahlo y Remedios Varo. ¿Qué artistas han influido en ti?
Pffff ¡pues muchísimas! Esas dos, claro (a la pobre Frida la han sobreexplotado tanto con tanta tote bag y tanta estampita, que han hecho que mucha gente le coja tirria, cuando es una genia total), también Leonora Carrington, Las Costus, Ocaña, Julio Romero de Torres, la pintura flamenca, las grandes divas del Hollywood clásico, todas las folclóricas, el cine de Almodóvar… No sé, es que son demasiadas cosas para escribirlas aquí. Todo lo que tenga alma, corazón y vida, como dice la canción de Los Panchos.
Y más allá de la pintura, también están presentes figuras como Joselito el Gallo, Héctor Lavoe, o Antonio Machín. ¿Qué te atrae de estos personajes?
La música me inspira muchísimo. Las letras, ¿sabes? Las letras de las canciones de Lole y Manuel, o de La Lupe, Ismael Rivera, La Vieja Trova Santiaguera, Vicente Fernández, Chavela Vargas, María Jiménez, Bambino, Billie Holiday. Son tantas, y lo que me atrae de todas ellas es lo mismo: que tienen alma, corazón y vida.

En tus cuadros vemos muchos cigarros. La pregunta es obligada: ¿te gusta tanto fumar como a Rosalía?
Pues no sé cuánto fuma Rosalía, pero yo, según mi mejor amigo, “fumo como una prostituta en el corredor de la muerte”. No tengo muy claro qué significa, pero me encanta. Supongo que quiere decir que fumo mucho. Y ojo, que no vengo a hacer apología del tabaquismo, dios me libre, pero la verdad es que fumo, además de porque me gusta, obviamente, sobre todo por estética. Como casi todo lo que hago, vamos.
(Risas) También haces retratos por encargo. ¿Cuál ha sido el más loco que te han pedido?
Muchas gracias por nombrarlo, así es. Aprovecho este momento para hacer un poco de publicidad. Para contrataciones, por favor escribid a [email protected]. Y me encantaría poder contarte algo muy loco, pero la realidad es que aún estoy esperando que alguien me pida algo que se salga del tiesto. Así que la que se anime, ¡ya sabe!
Has expuesto en Madrid varias veces. ¿Hay alguna exposición en camino? ¿Qué se viene?
Pues espero que sí. Ahora mismo, la verdad, estoy haciendo lo mismo de siempre: pintar. Y como no funciono muy bien por proyectos y eso, cada cuadro para mí es un proyecto en sí. Así que estoy trabajando en el proyecto Ruman, que siempre es el mismo, pero cada vez distinto. Ahora mismo estoy empezando un cuadro que se va a llamar El caminito de la liebre galaico-almeriense. Y esa es la respuesta más sincera que te puedo dar; todo lo demás sería mentirte, y mentir no es de señoras. (O sí, yo qué sé).







