“Vamos a convertir la Plaza de España en un gran club”. Esto lo gritaba El Indio llegando ya casi al final de la noche, dirigiéndose a un público, el del Icónica Santalucía Sevilla Fest, en plena catarsis tras un despliegue de energía, flamenco, funk y electrónica. Y lo cierto es que así fue. Durante lo que pareció un suspiro, el dúo granadino, junto al resto de componentes de La Plazuela, logró que uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad se transformara no tanto en el escenario de un festival como en un espacio de hermandad astral, donde quince mil personas comulgaron en clave de groove.
Pasadas las diez y media de la noche, y después de que Califato 3/4 dejara el ambiente y las ganas de fiesta bien caldeados con La Plazuela en Pintora, el calor sofocante de Sevilla, en lugar de disminuir, se intensificaba aún más en aquella concentración cañí. Fue cuando salieron dispuestos y sin avisar Manuel Hidalgo, aka El Indio, y Luis Abril, aka El Nitro —vestidos para la ocasión, fieles a su estética y a sus gafas de sol marca de la casa— cantando y tocando los primeros acordes de Si miro patrás. Un arranque con garra que los allí presentes recibieron con los brazos abiertos y con los vestidos hasta el suelo arremangados con gomas del pelo y las camisetas ondeando por el aire; con sus abanicos frenéticos sin parar de dar golpes de pecho, y con muchas, muchísimas, banderas verdiblancas luciendo orgullosas en alto la estrella roja.
Enseguida el primer track dio paso a 18010, otro de los grandes favoritos de su nuevo y más maduro trabajo, Lugar Nº0 (D.L.Y.), y a La primerica helá sin apenas tiempo de coger aliento entre tema y tema. Y el público, rendido a los pies de estos particulares profetas del Albaycín, cantaba cada verso como si llevara meses ensayando, o implorando, ese encuentro.
Tengo que pensar, De dos en dos o Este juego avanzaron una velada que ya confirmaba que no era solo cosa de comienzos. Los chavales de La Plazuela pueden confirmar bien alto que su hueco está, existe, y va ensanchándose con cada actuación en directo. Este grupo ya no es aquel que hace unos años ponía en órbita, a las cuatro de la tarde, un Cala Mijas de Roneo Funk Club. Aquí ya hay un show orquestado, pensado y guiado de su mano cada minuto del reloj. Esto, sin embargo, no impidió que la espontaneidad aquí se hiciera fuerte. Las primeras notas de Sólo eres pa mí no venían solas, sino acompañadas de la voz arrolladora de Ángeles Toledano, que lo sacudió todo, dejándonos mudos de emoción.
Eterna primavera y Tiempos raros fueron, por su parte, las responsables de dar buena cuenta de la elevación progresiva de la banda —destacando aquí la presencia de sus magníficas coristas, Carmen y María—, justo antes de dejarnos algo menos mudos, aunque sí totalmente paralizados ante el control y poderío de David de Jacoba, que se arrancaba con las Alegrías de La Ragua y, posteriormente, con Bulerías de La Guardia.
Este fue, sin duda, el acento más flamenco e inesperado de la noche, y de los más reveladores. Su aparición sorpresa vino con un férreo propósito: el de hacernos ver a todos los asistentes que lo de La Plazuela con el flamenco no es una relación hueca ni de medias tintas. La hondura y el mestizaje se hermanan a través de ellos con la misma prioridad y sentimiento que ponen al masticar las letras de Tu palabra o Mala de verdad. Con la misma urgencia, incluso, con la que sienten El lao de la pena como un rezo —pogos mediante—.
Este club gigante iba ya camino de cerrar sus puertas cuando comenzaron a cantar La cara de Dios. Nada más lejos de la realidad: quedaba aún una última dosis de dopamina por delante. B12 y Realejo Beach fueron los encargados de cerrar con broche de oro un concierto que, pese a frenético y escurridizo, no dejó indiferente a nadie. Menuda noche.
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