No es casualidad que para contar la historia de Fátima, una joven parisina de ascendencia argelina y musulmana, Hafsia Herzi, en la que es su tercera película como realizadora después de una reconocida carrera como actriz, opte por una estructura en episodios. No es casualidad porque esta es una historia sobre el proceso de madurez y la búsqueda de identidad, y estos episodios, que coinciden con las cuatro estaciones del año, son precisamente los pasos de liberación individual por antonomasia: el del final del instituto y comienzo de la vida universitaria.
Solo con hacer un poco de memoria, todos podemos recordar dónde estábamos en aquellos días: los nervios ante el final de la vida que conocíamos, la expectación por todo lo que está por venir y las ansias de por fin alcanzar esa madurez tan soñada. En este sentido, ni siquiera es necesario pertenecer al colectivo LGTBIQ+ (la directora, de hecho, es heterosexual) para identificarnos y vivir como nuestra la historia lésbica de Fátima y su año de descubrimiento.
Así, la película nos llevará de la última primavera en el instituto con el grupo de amigos o el novio que mantienes más por inercia y miedo a quedarte sola que por elección, al verano de la liberación en el que conoces a la que puede ser tu primer amor, el otoño en el que comienzas la universidad y descubres un círculo de personas que jamás pensaste que existirían, hasta llegar al invierno de la supuesta madurez, en el que te das cuenta de que a veces también cuesta mostrar tu propia identidad aunque ya no exista el miedo al rechazo y en el que se suma, en el caso de Fátima, el conflicto de la aceptación de una identidad propia que choca con sus creencias religiosas.
Recuerdo ahora la película Queer, de Luca Guadagnino, y la idea que de alguna forma comparte con esta: no puede existir liberación alguna ni habrá lucha emancipadora si antes no ha habido un viaje de búsqueda y construcción de la propia identidad. O dicho de otra forma: la fuerza para luchar por ser quienes somos solo llega después de buscar quiénes somos realmente. Fátima intentará conocerse a sí misma a través de nuevas experiencias, de reafirmarse en sus aficiones, de hacerle preguntas a su religión, de conversar, de leer, de escribir…
Si bien la historia no resulta ni sorprendente ni fresca, es más, recuerda bastante a otras películas que hemos podido ver en los últimos años más interesantes como Solo nos queda bailar (Levan Akin, 2019) o 120 pulsaciones por minuto (Robin Campillo, 2017), el guion sí que es capaz de encontrar las suficientes aristas como para hacer la historia entretenida e interesante. Aristas que se sostienen en la extraordinaria actuación contenida y tremendamente honesta de la actriz protagonista, la debutante Nadia Melliti, que le valió el premio en Cannes a la mejor actriz y el César como mejor actriz revelación.
Al final, al igual que a todos nos ha pasado en ese año de madurez y descubrimiento, Fátima llega a la conclusión de que la única manera de encontrar la propia identidad es aceptando que esta se compone de muchas diferentes que coexisten y habitan en nosotros con sus propias dependencias, similitudes y, sobre todo, contradicciones. Claramente, La hija pequeña no es ningún gran descubrimiento dentro del cine queer, pero sí tiene las suficientes virtudes como para convertirse en una gran aportación al minoritario cine lésbico, que ya es decir bastante.
