Desde los primeros compases de La cronología del agua, el debut como directora de Kristen Stewart, se nos advierte que no estamos ante un relato lineal. Para reconstruir la vida de Lidia Yuknavitch –nadadora, escritora y autora de la novela en la que se basa esta adaptación– debemos conformarnos con retazos. Más que escenas convencionales, la película se articula a través de instantes breves que se entrelazan y nos sacuden siguiendo un orden no siempre cronológico. Estos fragmentos funcionan como una mente atravesada por el trauma, que regresa de forma inevitable a la infancia, a la juventud, a recuerdos que emergen en forma de fogonazos de dolor. La suma de todos ellos compone el retrato de una existencia profundamente herida.
En la dirección, Kristen Stewart toma decisiones arriesgadas. Por un lado, el uso de una estética que remite a las películas caseras de hace décadas nos transporta directamente a esos momentos de sufrimiento, presentados más como recuerdos anclados en el pasado que como acciones que suceden en el presente. Una forma de transmitir cómo el trauma acompaña a Lidia a lo largo de toda su vida: imágenes fijas, ineludibles, huellas de algo que ya ha ocurrido. Por otro lado, destaca la extrema cercanía física al personaje principal. Vemos los poros de su piel, percibimos cada matiz del azul de sus ojos, casi podemos oler sus fluidos. Stewart persigue una experiencia sensorial en la que cada golpe recibido por Lidia se traslada al cuerpo del espectador.
Sin embargo, la potencia de la historia es tal que en ocasiones sobrepasa a la propia imagen, que no siempre logra estar a la altura y termina imponiendo un estilo visual algo monótono. Aun así, esta debilidad se ve compensada en muchos momentos por un guion sólido y efectivo, también adaptado por la propia Stewart.
Aunque llega algo tarde en el metraje, el núcleo del relato se revela con claridad cuando emerge su gran tema: el arte como vía de salvación. En el momento en que Lidia comienza a canalizar su dolor a través de la escritura, la película emprende junto a ella un viaje más cercano a la supervivencia que a la sanación. Es ahí donde la obra encuentra su verdadero sentido. Si antes Lidia ocultaba su trauma bajo el agua, ahora lo saca a la superficie y lo expone con su propia voz, dejando claro que su dolor le pertenece únicamente a ella y que nadie más puede narrar su historia.
El agua, al igual que el color azul, atraviesa las más de dos horas de metraje como un motivo constante. El agua nos da vida, pero también puede asfixiarnos. Nos oculta cuando sumergimos la cabeza y nos transforma cuando emergemos, como un anfibio que abandona un estado para convertirse en algo distinto. Contar la historia de Lidia es, en esencia, contar la cronología del agua. Y aunque el recorrido del dolor hacia la salvación que Kristen Stewart propone se queda a medio camino en determinados momentos, no debemos olvidar que estamos ante su debut como directora. Un primer paso que deja claro que Stewart tiene cosas que decir y que, sin duda, puede marcar el inicio de una trayectoria a la que conviene prestar atención, con la expectativa de que aún nos depare muchas sorpresas.
