Resulta ya algo manido el eterno debate sobre si una película se disfruta más en una plataforma de streaming o en una sala de cine. Ese debate no tiene demasiado sentido porque, por mucho que pague una suscripción mensual a Netflix o Prime Video, soy perfectamente consciente de que una película se disfruta muchísimo más, o se sufre muchísimo más, cuando se ve en el cine. Con las películas de terror hay aún más motivos para defender su proyección en una sala: el miedo se contagia. Y uno lo pasa bastante peor cuando está rodeado de gente que también se está cagando encima. Esa sensación me la recordó Hokum, la nueva película de Damian McCarthy, el director de Oddity (2024).
Oddity ya demostró en su estreno el talento de este cineasta para construir una historia de fantasmas sin grandes artificios ni aparentes novedades, pero sí con una originalidad innegable y escenas absolutamente espeluznantes. A veces, no hay nada mejor que una sencilla historia de fantasmas. Con todo esto del llamado ‘terror elevado’, o del terror reducido a lo más básico, parece que muchas películas se olvidan de algo fundamental: contar bien una historia. Y eso hace Hokum.
La película cuenta la historia de un escritor amargado que decide pasar una temporada aislado en un hotel de Irlanda para intentar escapar de ciertos episodios traumáticos de su pasado. Allí, en esas tierras verdes y brumosas, constantemente bañadas por la lluvia, acabará topándose con una leyenda local sobre una misteriosa bruja que, supuestamente, ronda el hotel. Y es mucho mejor no saber nada más.
Porque Hokum construye una historia de casa encantada que, sin revolucionar el género, logra componer un puzzle perfecto en el que todas las piezas encajan. Incluso cuando recurre a elementos que hemos visto mil veces, la película consigue que parezcan nuevos. La forma de contarlo es fresca. No resulta manida, ni aburrida, ni pretenciosa. No pretende dar un golpe sobre la mesa ni reinventar el terror moderno. Simplemente quiere hacerte pasar un mal rato y, además, contarte una buena historia. Y eso, hoy en día, ya es muchísimo.
También es importante cómo trata a sus personajes. Más allá del protagonista, interpretado por Adam Scott, los secundarios tienen espacio para brillar y aportar algo real a la trama. Algo que el cine de terror suele olvidar demasiado a menudo, convirtiendo a sus personajes en simples víctimas destinadas al siguiente baño de sangre. Aquí no sucede eso.
El director vuelve a demostrar que siente auténtica devoción por las historias de fantasmas. Por personajes atrapados en circunstancias que escapan completamente a su control y obligados a enfrentarse a algo que no entienden, algo que en este caso tiene un origen claramente sobrenatural. Hokum logrará sacar una sonrisa a los fans del terror y hacer que se sobresalten más de una vez en la butaca del cine. Y, al final, ¿acaso no se trata precisamente de eso?
