Tras una espera cargada de hype, Chloé Zhao aterriza en la cartelera con Hamnet, la adaptación cinematográfica que ya se perfila como uno de los fenómenos del año. La cinta no solo ha reventado las expectativas en su estreno, sino que ha logrado lo que pocos biopics consiguen: convertir el duelo en una experiencia estética radical y profundamente contemporánea. Con Jessie Buckley y Paul Mescal como rostros de una Inglaterra rural bañada por la luz natural característica de Zhao, el filme ha demostrado que el cine de autor puede ser, simultáneamente, un éxito de masas y un refugio para la sensibilidad.
La vida de Agnes y la del preceptor de latín no podrían ser más distintas. Mientras ella pasa los días cuidando de su halcón y preparando remedios caseros con las hierbas que encuentra en el bosque, él dedica las horas a escribir e imaginar un futuro en el que escapa de su familia y viaja a la gran ciudad en busca de público para sus obras. Cuando ambos se conocen, a él apenas le salen las palabras. Agnes entonces le pide que le cuente una historia. El preceptor de latín elige el mito de Orfeo, que viajó al inframundo para recuperar a su amada Eurídice, pero la perdió en el último momento al no poder evitar girarse a mirarla. Agnes escucha la historia embelesada, entendiendo que aquí el verbo “mirar” no se refiere solo a una acción física. Orfeo contemplaba a su amada con los ojos con los que nadie más la veía. El día de la boda de Agnes y el preceptor de latín, esperando ambos la que será su primera hija, ella le dice tres palabras: “look at me” (mírame).
Hamnet es un largometraje dirigido por Chloé Zhao, que firma también el guion junto a Maggie O’Farrell, autora de la aclamada novela homónima en la que se basa. Ambientada en la Inglaterra rural del siglo XVI, la película se aleja deliberadamente del biopic tradicional para construir un relato íntimo y sensorial sobre la vida doméstica, el duelo y la creación artística. Fiel al cine de Zhao, la puesta en escena apuesta por el rodaje en localizaciones naturales, una fotografía que privilegia la luz disponible y una cámara atenta a los cuerpos y a los gestos mínimos. El tempo pausado, el uso del silencio y la repetición de motivos visuales (el bosque, el viento, los animales) funcionan como herramientas narrativas que anticipan la pérdida mucho antes de que esta ocurra.
El carácter cinematográfico del libro es indudable: podemos encontrar descripciones precisas de momentos cotidianos, incluso capítulos enteros que nos remiten a escenas concretas que se dibujan a la perfección en nuestra imaginación para, a continuación –con la misma delicadeza con que se nos relata cómo un niño busca a su familia para avisar de que su hermana está enferma–, pasar a resumir toda una vida en apenas unas líneas. Porque para la autora los personajes no solo existen como sujetos activos en la acción de la trama, sino que tienen vida propia dentro y fuera de las páginas. 
Del mismo modo, en Hamnet la muerte no es solo un instante, sino que se anticipa y está presente durante toda la historia. Está en el viento que sopla a través de los árboles de un bosque, en un halcón que vuela sobre nuestras cabezas, en el agua que se cuela bajo la puerta durante una tormenta. Y así, para contar cómo la pérdida de un hijo atraviesa a una madre, debemos remontarnos hasta antes de su misma concepción, cuando su existencia solo se adivinaba entre esa petición que ella le hacía a él: look at me.
La película está llena de momentos potentísimos. Escenas que te atraviesan, capaces de enmudecer a una sala de cine abarrotada. Y todas ellas se sostienen en la extraordinaria interpretación de Jessie Buckley, que es capaz, en cada uno de sus gestos –a veces sutiles, a veces excesivos, pero siempre precisos– de llevarnos de los momentos más felices a los más dolorosos. A ella se le suma en el reparto Paul Mescal, con un papel que en comparación queda algo desdibujado. Si una de las virtudes de la novela era el escaso protagonismo del personaje de Shakespeare, más relevante en sus ausencias que en su presencia, en la película cobra un protagonismo que más que aportar lastra la emotividad de la cinta. Las escenas en solitario de Mescal resultan algo innecesarias y su interpretación se siente histriónica en muchos momentos, casi como si estuviera haciendo una película diferente a la que hacen su compañera y el resto del elenco. Entre ellos también destaca Emily Watson en uno de esos papeles secundarios que elevan cada escena en la que aparecen.
Hamnet se vuelve redonda al expandir al máximo las últimas páginas del libro, creando un final apoteósico en una escena capaz de mantener la carga emotiva durante varios minutos. Un final que, como la muerte, se anticipa durante toda la película para intentar darnos respuesta a la pregunta que plantea la cinta: ¿cómo se supera la pérdida de un ser querido? Puede que el preceptor de latín lo consiga escribiendo y representando. Para Agnes la respuesta se escondía ahí desde el principio, solo que no se había girado a mirarla.
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