La tercera temporada de Euphoria llega cinco años después y, desde el primer episodio, deja claro que no tiene ningún interés en repetir la fórmula que la convirtió en un fenómeno cultural. Los personajes ya no son adolescentes atrapados en el mismo ecosistema emocional. Han crecido, se han dispersado y viven conflictos radicalmente distintos. Ese distanciamiento resulta extraño al principio, pero también refleja una realidad reconocible: la vida rara vez conserva intactos los vínculos de la adolescencia.
El mayor riesgo de esta temporada no está en sus tramas, sino en su propia concepción. Sam Levinson abandona gran parte de los elementos que definían la identidad original de la serie para construir algo más cercano a un drama criminal contemporáneo que a un relato generacional. El universo de Euphoria sigue presente, pero ahora está atravesado por el dinero, las drogas, la violencia y la explotación, dejando atrás buena parte del escapismo adolescente que marcó las primeras temporadas.
No todas las decisiones funcionan. Algunos personajes, especialmente Jules, Lexi e incluso Nate, parecen perder peso narrativo y terminan orbitando alrededor de conflictos más grandes que ellos mismos. Sin embargo, otros encuentran una nueva dimensión. Zendaya sostiene gran parte de la temporada con una interpretación extraordinaria que confirma por qué Rue sigue siendo el verdadero centro emocional de la serie. Sydney Sweeney, por su parte, lleva a Cassie hasta lugares incómodos y extremos, entregando una actuación tan comprometida como polémica.
También se perciben cambios importantes en la forma. La ausencia de Labrinth y la llegada de Hans Zimmer modifican profundamente la atmósfera sonora. La música gana en escala cinematográfica, pero pierde parte de esa sensibilidad emocional que estaba inseparablemente ligada a la identidad de Euphoria. Lo mismo ocurre con la estética: la iluminación es más dura, las imágenes menos idealizadas y la mirada de Levinson mucho más fría. La serie ya no parece interesada en romantizar el caos; ahora se centra en sus consecuencias.
Gran parte de la conversación alrededor de esta temporada ha estado marcada por la decepción de una parte del público. Sin embargo, esa reacción también revela una tendencia cada vez más frecuente: la idea de que los espectadores poseen algún tipo de autoridad sobre el destino de los personajes. Euphoria recuerda algo fundamental que a menudo se olvida en la era de las redes sociales y las teorías de fans: los personajes pertenecen a quienes los crean. Son los guionistas, directores y responsables de la serie quienes deciden hacia dónde evoluciona una historia, incluso cuando esas decisiones contradicen las expectativas de la audiencia.
Precisamente ahí reside el principal interés de esta tercera temporada. Levinson no parece haber intentado satisfacer a los espectadores ni replicar aquello que funcionó en el pasado. Ha hecho la serie que quería hacer, con resultados desiguales pero indudablemente personales. No todo funciona y no todas las apuestas llegan a buen puerto, pero pocas producciones actuales asumen un riesgo semejante.
Sin entrar en spoilers, el desenlace aporta algo que Euphoria llevaba tiempo persiguiendo: una sensación de cierre. No ofrece respuestas fáciles ni redenciones cómodas, sino una conclusión marcada por la ambigüedad, la pérdida y las consecuencias de las decisiones tomadas. Radicalmente distinta a sus dos primeras entregas, esta temporada encuentra su mayor virtud precisamente en aquello que más ha dividido al público: su negativa a convertirse en una repetición de sí misma.
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