Hay intérpretes que se acercan a un personaje con la distancia justa, como quien observa un mecanismo que debe aprender a manejar. Y luego está Eric Balbàs, que trabaja desde un territorio mucho más poroso, físico, vulnerable; un lugar donde actuar significa exponerse, derribar paredes y aceptar que, a veces, el cuerpo sabe antes que la cabeza. En Dibujo de un zorro herido, su último proyecto, esa manera de estar en escena alcanza un extremo casi radical. La pieza, un monólogo inquietante, fragmentado y visceral escrito por Oriol Puig Grau, exige habitar veinticinco voces distintas y sostener la función desde una soledad escénica que traspasa.
Balbàs se sumerge en Ferran, un personaje huidizo, esquivo y desgarrado, sin pretender resolverlo del todo. Prefiere moverse en el misterio, en esa zona donde nada es concluyente y todo se intuye. Lo interesante, dice, es lo que la obra no explica, lo que late por debajo de la superficie. Quizá por eso la experiencia de interpretarla le ha cambiado el cuerpo, el ánimo y la forma de entender su oficio. Hablamos con él sobre esa entrega, sobre la herida que recorre la obra, sobre el vértigo y la alegría de sostener un escenario a solas. Y sobre lo que queda después.
Tu carrera abarca interpretación, dramaturgia y dirección. ¿En qué momento sentiste que el teatro sería tu territorio natural, ese lugar donde podías explorarlo todo?
Es algo que se ha ido dando con el paso de los años y gracias, sobre todo, al proyecto colectivo El Eje, que me ha acompañado todo este tiempo. Sostener una compañía de teatro en un sector como el nuestro, falto de recursos, te obliga a aprender lo teatral en su pluralidad. La precariedad ha provocado que, para levantar los proyectos, uno haya tenido que aprender aspectos técnicos, de producción, de distribución, cargar furgonetas, montar y desmontar escenografías, etc. Todo ello me ha dado la oportunidad de amar el teatro en sus trabajos específicos y tener cierta mirada de la totalidad.
Has ido construyendo un camino muy singular dentro de las artes escénicas. ¿Qué tipo de historias o universos te atraen como creador y como intérprete?
Me atraen las historias que plantean mundos periféricos y sucios. Pero también me maravillan aquellas en las que hay puntos de fantasía o de magia. Creo que tiene que ver con el misterio; me gusta el misterio, los lugares oscuros y húmedos, lo que hay debajo de la pátina de plástico de nuestro día a día. En general, me cuestan las historias que no tienen mucho vuelo, que hablan de personajes de clase media con problemas occidentales. No soporto que las obras hagan pedagogía ni que se tomen demasiado en serio a sí mismas.
Cuando te encontraste por primera vez con Dibujo de un zorro herido, ¿qué fue lo que te atravesó del texto o de la propuesta para decidirte a formar parte de ella?
Lo primero de todo fue el reto del monólogo, ese ponerse a prueba a uno mismo. El ¿seré capaz? iba acompañado también del deseo de concentrarme mucho en un trabajo exigente. Y el texto concreto de Oriol nos ha permitido jugar con veinticinco personajes distintos que toman voz en la obra. Cuando lo leí por primera vez me preguntaba, ¿cómo haremos todo esto? No me imaginaba qué forma tendría la pieza. Me resulta muy excitante estirar el chicle de lo que puede un cuerpo en escena, ver qué le pasa a un cuerpo encarnando tantas voces distintas. El gimnasio teatral, Oriol me lo había servido en bandeja.
El montaje es arriesgado, extraño, visceral. ¿Qué te sedujo, o te inquietó, del personaje y de la energía que exige interpretarlo?
No me resultó nada sencillo empatizar con el personaje de Ferran. Es un tipo muy encerrado en sí mismo, huidizo del vínculo como un zorro asustado. No parece tener amigos ni una familia funcional. La energía que me reclama es la de no parar a pensar: el monólogo es un torrente en el que me meto y no tengo tiempo de detenerme en casi ningún momento, y así es también la vida de Ferran. Hubo un día que una imagen de la obra me conmocionó —una imagen de su final—, y sentí que a Ferran también le emocionaría. Desde ese momento comprendí su soledad, y desde la soledad pude llegar a amarlo.
“Me atraen las historias que plantean mundos periféricos y sucios. Pero también me maravillan aquellas en las que hay puntos de fantasía o de magia.”
¿Cómo te preparaste para encarnar una figura tan intensa? ¿Hubo un proceso físico o emocional específico que necesitaste activar antes de comenzar los ensayos?
El trabajo previo fue muy prosaico. Hubo mucho trabajo de memorización del texto, de entender qué ocurría en cada momento. También hice algo de trabajo de acentos para no llegar de cero a la sala de ensayo y traer propuestas. Y me apunté a yoga (risas).
Antes de cada función, ¿tienes algún ritual o mecanismo interno que te ayude a introducirte en el personaje? ¿Cómo se produce ese tránsito entre Eric y Ferran, el zorro herido?
Iba a decir que no, que solo caliento articulaciones, voz y estiro un poco. Pero con Ferran necesitaba un momento para decirme a mí mismo: acuérdate, está asustado. Y también me arrodillo un momento antes de salir. Me gusta pensar que me arrodillo ante la idea del teatro y ante el ruido del público, cada día distinto, sentándose en sus butacas.
La obra exige una carga emocional muy fuerte. ¿En qué estado acabas tras cada función? ¿Qué queda en ti después de tanta intensidad?
Depende mucho del día. Hay días en que salgo eufórico y otros en los que he llegado al camerino y me ha caído alguna lágrima. Hay algo de la soledad del personaje que se ha quedado conmigo todo este tiempo, por supuesto también por el hecho de estar viviendo fuera de mi casa durante estos meses.
¿Sientes que entiendes completamente a tu personaje o, por el contrario, te interesa precisamente aquello que no acabas de descifrar de él?
Para nada. A día de hoy, Ferran aún me resulta un enigma, un misterio por resolver. Me gusta pensar que siempre será algo abierto, y disfruto mucho investigándolo cada vez que me toca encarnar al personaje. Disfruto de los procesos que son abiertos y que no se acartonan a partir del día del estreno, sino que con el público la obra va creciendo.
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¿Hubo momentos durante el proceso en los que el personaje te desbordó o te obligó a mirarte a ti mismo de otra manera?
La verdad es que sí. Ha sido un proceso muy duro y he trabajado todo el tiempo con la sensación de estar al borde del colapso, ya no tanto por Ferran sino por la cantidad de personajes que conviven con él, la cantidad de acciones y espacios diferentes por los que transcurre la pieza. He tenido la suerte de trabajar con un equipo increíble que ha entendido muy bien mis procesos internos y me ha sostenido cuando he necesitado caer. Y ese caer es el aprendizaje. Hubo un día que caí en sala de ensayo, desbordado e inseguro de mi trabajo, pero precisamente fue un momento en el que se alinearon muchas cosas. Fue un antes y un después. Hay un misterio en caer. Además de que es necesario.
A nivel personal, ¿cuáles dirías que son tus propias obsesiones creativas o vitales? ¿En qué medida dialogan con esta obra?
¡Uf! Supongo que una multitud de obsesiones, las que conozco y las que aún se me esconden. Jugar con la expresividad de los distintos personajes. También, a menudo lo digo, no hace mucho tiempo viví un momento de obsesión con un amigo de la infancia. Se me aparecía en sueños y me parecía verlo día sí y día no por la calle; me giraba y me daba cuenta de que no era él. Lo busqué por redes y no lo encontraba. Llevé el tema a terapia: pensaba que algo sucedía. Con el tiempo conseguí contactarlo.
¿Qué te enseñó Dibujo de un zorro herido sobre tu forma de actuar, de exponerte o de trabajar con la vulnerabilidad?
He aprendido mucho en este proceso pero aún no sé muy bien el qué. Hay algo de dejarse mirar que ha estado presente todo el tiempo. Nunca había experimentado que todas las miradas fueran hacia mí durante tanto tiempo seguido. Si lo piensas, es muy extraño. Por otro lado, estoy con muchas ganas del siguiente proyecto y de ver qué ha cambiado en mí. Lo siguiente es Euforia y desazón, estaremos en Teatros del Canal del 8 al 14 de diciembre. Una pieza que es otra paranoia totalmente diferente.
Desde fuera, la obra parece contener una herida central, un misterio. ¿Sientes que el montaje te cambió la manera de entender el dolor, la identidad o la memoria?
La obra, para mí, plantea cosas muy interesantes sobre la identidad. Quizá Oriol no estará de acuerdo conmigo, pero para mí el proceso de Ferran hace bajar la identidad del pedestal en el que la tenemos. En el día a día hay un mandato muy fuerte de construir una identidad sólida, alineada con lo que se nos pide, que nos defina fácil y claramente. Para mí la identidad es más amable si la pensamos como algo fluido, que permita que entre el aprendizaje, el equivocarse, algo que muestre las grietas por donde se asoman nuestros miedos. En realidad, todos somos un flujo de ideas y deseos muy misterioso y profundamente expresivo si no lo limitamos con parecernos a lo homogéneo.
“No soporto que las obras hagan pedagogía ni que se tomen demasiado en serio a sí mismas.”
¿Cómo fue tu relación con Oriol Puig Grau durante el proceso? ¿Le preguntaste de dónde surgió la idea, qué imagen o impulso originó este relato tan particular?
Con Oriol hemos hablado mucho sobre el texto y de dónde surgían las primeras ideas. Para él, la pieza debía pasar en espacios un poco nowhere: sitios de paso (habitaciones de hotel, salas de profesores) o lugares en los que el protagonista no tenía un gran vínculo de pertenencia. Oriol escribe de forma muy sensible porque es una persona muy observadora y sabe disfrutar de la vida y de lo que le aporta. Ha sido fantástico poder dar voz a sus palabras y, como director, es alguien que entiende mucho la actuación y que está muy cerca de ti todo el tiempo.
¿Ha habido alguna reacción del público que te haya sorprendido especialmente o que te haya revelado algo nuevo sobre el personaje o la obra?
El público es maravilloso. Ha habido días en los que no han dejado de reír en sitios sorprendentes y, en cambio, días en los que había un silencio absoluto durante la función. Es curiosa la variedad de miradas que ha provocado la obra. Yo nunca había sentido tanto al público: están muy cerca y la sala es pequeña. El público quizá no lo notaba, pero para mí, al estar solo en escena, se convierte en una pieza importantísima de la obra, y su energía junto a la mía es la que construye el carácter que tendrá cada función en particular.
Tras atravesar una experiencia tan radical como esta, ¿qué te apetece hacer ahora? ¿Buscas algo totalmente opuesto o quieres seguir explorando terrenos liminales e incómodos?
Disfruto como un cerdito en los terrenos liminales e incómodos. Me gusta la suciedad y lo barroco, teatralmente hablando. Me gustaría poder llevar la pieza a Barcelona, creo que sería hacer justicia, ya que transcurre en esa ciudad. Pero uno tampoco puede predecir lo que llegará. Lo único que me queda es, sea lo que sea, encararlo con alegría y honestidad.
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