Desde hace diez años se celebra en el Jardín Botánico de Ciudad Universitaria el festival de conciertos veraniego Noches del Botánico. Una cartelera anual de música en vivo que se celebra en los meses de junio y julio, con una gran variedad de géneros donde el público encuentra una alternativa para las calurosas noches de Madrid. Dentro de esa variedad de estilos musicales, el merengue no podía faltar. ¿Y quién mejor que Elvis Crespo para llevar a cabo ese cometido?
Madrid ya estaba de celebración antes de la llegada de Elvis a la ciudad. Justo un día antes del concierto, la selección española de fútbol acababa de clasificarse por segunda vez en su historia para la final de un Mundial y, por lo tanto, aún se palpaba la euforia en las calles. De ese modo, Elvis Crespo y su banda salieron al escenario con la camiseta de la selección, una manera de mantener esa celebración presente durante todo el show.
Una orquesta de merengue se situaba a lo largo de la tarima. Ahí pude apreciar instrumentos que me resultaron familiares, como el teclado, la guitarra eléctrica o la sección de vientos, aunque debo reconocer que la percusión me cautivó. La tambora, la güira o la conga son instrumentos considerados el motor del merengue y no podían faltar a la cita. Tras una primera toma de contacto instrumental, apareció Elvis Crespo, rebosando energía, de un lado para otro de la pista para comenzar el concierto cantando Tu sonrisa, un clásico acompañado de otros tantos como Tatuaje o Píntame.
Elvis es todo lo que se puede esperar de un showman en el escenario. Si, como yo, no le habías visto antes en directo, lo más probable es que consiga sorprenderte. De una voz tan privilegiada como la suya, uno se puede imaginar un gran concierto a nivel vocal, y así fue. Lo que jamás me hubiera imaginado es esa manera de moverse y bailar con tanta soltura después de tantos años (ya me gustaría a mí bailar lo que Elvis con sus cincuenta y cuatro años).
Otra cosa asombrosa es la facilidad que tiene Elvis para dirigir la orquesta a su antojo. Él sabía a la perfección el ritmo que necesitaba el concierto en cada momento y conseguía transmitir esos tiempos como si se tratara de un director de orquesta de música clásica. El artista no bailó solo en ningún momento: un equipo de baile aparecía y desaparecía, con una escenografía cuidada y muy conseguida. El cantante y su equipo prepararon un concierto con varias sorpresas. Una de ellas, precisamente relacionada con el baile, ocurrió al cantar Abeja blanca. Una canción de su último disco sirvió como excusa perfecta para dar espacio a un grupo de baile de Badajoz, cuyos integrantes fueron invitados a viajar a Madrid para formar parte del espectáculo de esa noche.
El show poco a poco se fue acercando a su fin, pero antes tocaba interpretar La Graciosa. Su canción en colaboración con Quevedo había cobrado más importancia desde que comenzó el ya mencionado Mundial. Lanzada en el último disco del canario, El Baifo, La Graciosa era una canción perfecta para ser interpretada esa noche por una razón muy especial. Este año, cuando un equipo marca gol, tiene la oportunidad de hacer sonar una canción en el estadio a modo de celebración, y La Graciosa había sonado en varias ocasiones tras los goles de la Roja.
Tras esa canción comenzó a sonar el resto de los hits: primero Luna llena, más tarde Pegadito suavecito y, finalmente, Azukita, interpretada en una sección electrónica donde un DJ con una mesa de mezclas cobró protagonismo. Pero entre tanto éxito faltaba una canción. Elvis empezó a cantar Suavemente, la más conocida de su catálogo. Todo el mundo sabía que era la última y, desde la pista hasta las gradas, el público del Jardín Botánico bailó para saborear esos últimos minutos de gloria.
Escuchar y ver a Elvis Crespo fue toda una experiencia que pudieron disfrutar tanto los amantes del merengue como quienes no estaban tan familiarizados con el género. Una noche que quedará en el recuerdo del público que acudió al Real Jardín Botánico de Alfonso XIII.

