Creada por Laura Kittrell y producida por Hello Sunshine, la compañía de Reese Witherspoon —quien convirtió a Elle Woods en un icono de la cultura popular a comienzos de la década de 2000—, Elle funciona como una precuela de Una rubia muy legal y se adentra en la adolescencia de su protagonista mucho antes de su llegada a Harvard.
En una época marcada por grandes estrenos y producciones de carácter masivo, resulta especialmente acogedor encontrarse con un producto inofensivo, luminoso y encantador. La serie nos presenta a una joven Elle Woods cuya familia se muda de Los Ángeles al lluvioso Seattle, un cambio de escenario que sirve como punto de partida para explorar la construcción de la personalidad de un personaje que el público conoce bien.
Visualmente, la serie abraza una paleta de colores vibrante y una estética muy cuidada, explotando con acierto el contraste entre el imaginario soleado y glamuroso asociado a Elle y la atmósfera gris y lluviosa de Seattle. Sin grandes pretensiones, la ficción encuentra su identidad en esos pequeños detalles y en una puesta en escena agradable y muy consciente de su carácter nostálgico.
Su principal debilidad reside en la trama central que debe resolver la protagonista. El supuesto misterio que articula la temporada (un caso relacionado con un aburrido crimen de evasión y malversación de fondos públicos) carece de verdadera tensión dramática y termina convirtiéndose en el aspecto menos interesante de la serie. La investigación nunca llega a adquirir el peso narrativo que parece prometer y, en ocasiones, se percibe más como una excusa argumental que como un conflicto realmente atractivo.
Sin embargo, Elle sabe que su mayor fortaleza no está en el suspense ni en la intriga, sino en el encanto de sus personajes. La serie funciona mejor cuando se permite ser una ficción de crecimiento adolescente, observando las inseguridades, ilusiones y pequeños dramas de una joven que todavía está descubriendo quién quiere ser.
Además de unas interpretaciones más que correctas —en su mayoría a cargo de intérpretes poco conocidos—, uno de los aspectos más destacables es la relación que se establece entre Elle y su madre. Ambas funcionan como un reflejo la una de la otra mientras afrontan este cambio de residencia. La serie acierta al mostrar que la madre no es un simple apéndice de la protagonista, sino un personaje con entidad propia, que aborda las circunstancias desde una perspectiva diferente sin perder nunca el valioso vínculo que mantiene con su hija.
Elle es, en definitiva, como un cóctel afrutado y burbujeante: dulce, ligero y perfecto para acompañar una tarde de verano. No pretende reinventar el género ni convertirse en un gran acontecimiento televisivo, pero sí ofrecer un refugio amable y nostálgico. Y, al fin y al cabo, nunca está de más darse un paseo por un instituto del lluvioso Seattle, especialmente durante un sofocante verano.

