Cuando hace unos meses tuvimos las primeras informaciones sobre El ser querido, para muchos de nosotros fue inevitable acordarnos de otra película estrenada recientemente. La historia es la de un padre, reconocido director de cine, que propone a su hija encarnar un papel en su nueva película con la esperanza de así poder reconectar con ella después de años de distanciamiento. Esta es la sinopsis de El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, pero también la de Valor sentimental, la aclamada cinta de Joachim Trier, ganadora del Oscar a la mejor película internacional y del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes del pasado año.
Lo cierto es que, pese a lo que pudiera parecer, la película noruega y la cinta de Sorogoyen no podrían ser más distintas. Si en aquella el director buscaba enfatizar la incapacidad de sus personajes para comunicarse dentro del seno familiar, en esta el distanciamiento viene marcado más por los rencores derivados de un comportamiento paternal que podríamos calificar como tóxico.
Puede que se deba al salto cultural entre la sociedad noruega y la española, pero El ser querido resulta mucho más explícita en estos conflictos familiares en los que, superada la impostura inicial, los personajes no guardan reparo en escupirse reproches a la cara. Si bien es cierto que el guion de Sorogoyen y Peña no siempre logra alcanzar la emotividad que se propone, especialmente en las escenas más íntimas, en las que los diálogos, quizás por sobreexplicativos, acaban resultando algo anodinos, la película sí que acierta en dos aspectos importantes.
El primero es buscar respuestas a una pregunta muy presente en la obra de los cineastas de abultada trayectoria, como ya pudimos comprobar en Amarga Navidad, la última película de Almodóvar: ¿por qué los creadores cuentan las historias que cuentan? ¿Qué hay de verdad en sus películas? Si para Almodóvar la escritura tomaba como inspiración su propia vida y las de las personas que le rodean, en El ser querido se nos cuenta cómo las vidas de los creadores permean inevitablemente la película que hacen, impregnándolo todo como la máscara que permanece sobre la persona y que empaña al personaje.
De alguna manera, para un cineasta, revisitar una película es también hacer un viaje al pasado, a un tiempo y una realidad fuera de la lente de la cámara que queda también plasmada en las imágenes que capta. En El ser querido, los personajes de Javier Bardem y Victoria Luengo ruedan una historia ambientada en la ocupación del Sáhara durante la Segunda República española solo para hacer evidente la respuesta a esta pregunta. ¿De qué hablan entonces los creadores con sus historias? Lo pretendan o no, de ellos mismos.
Y precisamente el trabajo de sus dos actores protagonistas es el otro gran acierto que tiene la película. Ambos logran encontrar los suficientes matices para plasmar en detalle un relato que se construye a partir de sus personajes, en especial del de Javier Bardem. En cada gesto, el actor nos ofrece un retrato de la masculinidad que conocemos de sobra: el de un hombre que, pese a su mala fama, sigue trabajando y cosechando éxitos y cuyo primer impulso al encontrarse de frente con la realidad y las consecuencias de sus actos es el de justificarse antes que disculparse. Bardem ahonda en las contradicciones de un personaje que en otras manos podría haber resultado estereotipado, pero que aquí encontramos a la vez repelente y fascinante.
Pero, a pesar del festival actoral al que asistimos desde la primera secuencia, no podemos olvidar que el gran problema de El ser querido sigue siendo su guion. Quizá bastaba con dejar más espacio a los gestos y menos a las palabras, como en esa escena inicial en la que se nos presenta a los protagonistas y en la que la interpretación de ambos nos cuenta mucho más de ellos de lo que pretende el diálogo. Al final, por muy distintas que sean, la comparación con Valor sentimental termina resultando inevitable. Para desgracia de El ser querido, en esta comparación sale perdiendo.
