Todo vuelve. En la moda es una evidencia constante, pero en la televisión y el cine se ha convertido, en los últimos años, en una certeza casi incuestionable. Series que dábamos por cerradas regresan con nuevas temporadas, se reinician, se reescriben. Lo mismo ocurre en el cine: sagas que parecían haber llegado a su fin vuelven, una vez más, a la gran pantalla. Ya nada se considera definitivo cuando se trata de un final. Hay historias que han permanecido décadas guardadas en un cajón y regresan como si el tiempo no hubiera pasado, como si el hijo pródigo volviera a casa.
Sin embargo, el gran problema de todos estos regresos es evidente: el público que las encumbró ya no es el mismo. Ha crecido, ha cambiado, ha evolucionado. Y, por tanto, cabría esperar que esas historias también lo hicieran, que ofrecieran algo distinto, acorde a esa nueva mirada. Con esto en mente, resulta inevitable detenerse en el caso de El diablo viste de Prada 2. En su momento, la primera película fue un fenómeno. ¿Por qué? Porque logró hacerse dueña de un territorio cinematográfico poco explorado: el mundo de la moda entendido desde dentro, desde sus engranajes reales. Aunque partía de ciertos estereotipos, pocas veces el gran público había tenido acceso a lo que sucede en el periodismo de moda, en las bambalinas de un desfile de alta costura, en ese ecosistema tan hermético como fascinante.
Es cierto que han existido series que rozan ese universo como Younger o The Bold Type, pero en ellas el contexto editorial terminaba diluyéndose en favor de las tramas personales. Rara vez se profundiza en las tensiones reales de un sector que, con los años, se ha vuelto cada vez más incierto.
En esta secuela nos reencontramos con una Andy Sachs interpretada por Anne Hathaway que parece inmune al paso del tiempo. Los personajes insisten en que ahora es más segura, más experimentada, pero la película no logra sostener esa evolución. Andy sigue siendo, en esencia, la misma: insegura, dubitativa, incapaz de imponerse sin pedir permiso antes. Un personaje construido a partir de emociones universalmente reconocibles —dudas, alegría, nerviosismo, sorpresa—, pero carente de verdadera complejidad. El tiempo, sencillamente, no ha pasado para ella.
Algo similar ocurre con Miranda Priestly, encarnada por Meryl Streep, que, como era de esperar, está impecable. Pero aquí conviene matizar: todos los actores interpretan personajes que conocen a la perfección. Sería extraño que lo hicieran mal. No hay riesgo, no hay descubrimiento. Streep no interpreta a Miranda, la reproduce con exactitud milimétrica. Está brillante, sí, pero dentro de un terreno que domina sin esfuerzo.
La diferencia es que Miranda sí experimenta un cambio significativo en su construcción. Si en la primera película era una figura casi inalcanzable, situada en una cima a la que la protagonista apenas lograba asomarse, especialmente en aquella escena en París, aquí se nos presenta desde el inicio como un personaje más humano, más expuesto. La vemos en contextos menos glamurosos, más problemáticos, donde ya no tiene el control absoluto y debe enfrentarse a nuevas dinámicas de poder.
Por su parte, Emily, interpretada por Emily Blunt, se convierte en uno de los elementos más interesantes de la película. Aunque su personaje roza la caricatura, también ilumina uno de los subtextos más relevantes: ha abandonado el mundo editorial, ha dejado atrás la precariedad que define ese sector y ahora forma parte del engranaje del lujo, trabajando para una gran casa de moda. Mientras otros personajes lidian con tensiones profesionales, ella puede permitirse comprar diamantes junto a su novio multimillonario. Su presencia evidencia la existencia de un sistema donde el dinero fluye sin límites, donde se pueden invertir millones en una tienda en pleno Manhattan.
Stanley Tucci aporta cierta ternura, pero su personaje carece del brillo o la relevancia que tuvo en la primera entrega. Y es aquí donde emerge la verdadera grieta de la película: nosotros hemos cambiado, pero los personajes no. Cuando vimos la primera parte, muchos aún creíamos posible alquilar un apartamento en el centro de Manhattan por quinientos dólares. Hoy, esa fantasía resulta casi ofensiva. La película comete el error de presentar como precarios a personajes que viven en pisos de cinco millones de dólares o que viajan en clase turista solo para alojarse después en las suites más exclusivas de Milán.
En este sentido, la secuela no logra encontrar su lugar en el contexto social actual. Se sitúa en un Nueva York inevitablemente atravesado por lo político, por tensiones que afectan directamente al periodismo y a la cultura, pero decide ignorarlo. Incluso el propio personaje de Miranda rechaza la incorporación de contenido social en la revista, como si pudiera mantenerse al margen de la realidad.
Y ahí reside su mayor fracaso: quienes hicieron grande El diablo viste de Prada —y quienes ahora se acercan a esta segunda parte— viven en el mundo real. Sin embargo, la película insiste en habitar uno completamente ajeno. Ninguno de sus personajes parece existir en el mismo lugar que su público. Y, en ese desfase, la historia pierde todo su sentido también para el resto de nosotros.

