Daniel Ibáñez (Madrid, 1995) pertenece a una generación de intérpretes que se acercan a sus personajes sin miedo a la incomodidad, explorando zonas complejas donde lo moral se difumina. Con una trayectoria que alterna cine y televisión, de Las leyes de la frontera a su reciente nominación al Goya por Segundo premio, el actor ha ido construyendo un recorrido marcado por personajes intensos, a menudo atravesados por la violencia, la fragilidad y la contradicción.
En La novia gitana encontró uno de esos retos en Caracas, un personaje creado específicamente para la adaptación televisiva del universo de Carmen Mola. Lo que comenzó como la historia de un recluso atrapado en una dinámica de supervivencia evoluciona en La nena hacia una figura mucho más oscura, marcada por el fanatismo, la herida emocional y una identidad reconstruida desde el dolor.
En esta conversación, Ibáñez reflexiona sobre los límites del personaje, la construcción de la violencia, la fe entendida como refugio (y como arma) y la delgada línea que separa la comprensión del juicio. Un diálogo que no rehúye la oscuridad, sino que se adentra en ella para preguntarse qué parte de todo eso, incómodamente, también nos pertenece.
En La novia gitana conocimos a Caracas como alguien atrapado en una lógica de supervivencia muy primaria. Mirando atrás, ¿desde qué lugar humano decidiste construirlo entonces: desde el miedo, desde la rabia o desde una especie de resignación?
Tuve la suerte de que es un personaje muy bien escrito y que transita por lugares diversos y recónditos a lo largo de la temporada. Con Mónica Portillo, con quien suelo prepararme, una actriz y coach excepcional, y junto a Paco Cabezas y M. A. Trudu, fuimos dándole capas a un personaje roto, lleno de dolor, desesperanza y fragilidad. Esos vacíos se han ido llenando con un fanatismo que se convierte en su cobijo y que, de algún modo, le dota de una fortaleza para sobrevivir.
Caracas es un personaje que no existe en las novelas de Carmen Mola. ¿Cómo se enfrenta un actor a la responsabilidad, y también a la libertad, de habitar un personaje sin referente literario previo pero dentro de un universo tan sólido?
Con un punto de inconsciencia, que a veces es necesaria para abordar un trabajo. Intento acercarme desde cero, aunque en realidad nunca es del todo cierto porque ya existe una idea del personaje que se va moldeando. Y, por supuesto, compartiendo con Paco y con Trudu mis inquietudes, tratando entre todos de incorporar nuevas capas.
En La nena, su reaparición es casi perturbadora: ya no es solo alguien condicionado, sino alguien transformado. ¿Qué fue lo primero que pensaste al leer hacia dónde iba el personaje?
Nuestra profesión es maravillosa porque no siempre tenemos la oportunidad de comprender y escuchar otros mundos. Ver la transformación de Caracas fue muy emocionante porque me colocaba en un lugar complejo, y siempre resulta atractivo enfrentarse a lo complejo. Traté de evitar los lugares comunes y de hacer germinar esa evolución desde el dolor y el abandono.
Entre la primera aparición y su regreso hay un vacío narrativo. ¿Cómo imaginaste ese tiempo no contado? ¿Qué crees que tuvo que romperse dentro de Caracas para convertirse en quien es ahora?
En la primera temporada asistimos al abandono de Caracas por parte de su padre, o al menos así lo percibe el personaje. Eso fractura su interior. A partir de ahí, Miguel Vistas se erige como su protector y adopta una figura casi paterna. Esto pervierte sus valores y, de manera subrepticia, va penetrando en su alma y en su cuerpo. Durante ese tiempo me convierto en una versión deformada de Miguel Vistas, hasta adentrarme en el fanatismo más absoluto. Se vuelve, como se suele decir, más papista que el papa.
“Nuestra profesión es maravillosa porque no siempre tenemos la oportunidad de comprender y escuchar otros mundos. Siempre resulta atractivo enfrentarse a lo complejo.”
Hay algo muy inquietante en cómo el personaje parece encontrar sentido dentro de la oscuridad. ¿Te interesaba explorar esa idea de que incluso en lo más violento puede haber una lógica interna que, para él, resulta coherente?
Una de las cuestiones que más me interesaban era esa inquietante clarividencia que porta el personaje. Cuando alguien tiene una epifanía, lo ve todo nítido y puede arrasar con lo que tenga a su paso: comenzar guerras, asesinar, etc. Hay que tener cuidado con las epifanías y con las verdades absolutas.
La relación con su padre está atravesada por la culpa, el miedo y la desesperación. ¿Cómo trabajaste ese vínculo para que no fuera unidimensional?
Óscar de la Fuente es un actor excelente, además de una gran persona. Cuando te encuentras con alguien así, lo único que tienes que hacer es escuchar. Nos entendimos muy bien desde el principio y eso nos permitió bucear más profundo. Intentamos que esa distancia y ese silencio entre ambos tuvieran una corporeidad, que contaran todo lo que no se han podido decir: un padre que ha perdido a su hijo delante de sus ojos y un hijo que perdió a su padre hace tiempo.
¿Crees que Caracas es el resultado de una cadena de decisiones ajenas o hay un punto en el que él decide convertirse en lo que es?
Pienso que siempre es una amalgama de elementos. Los jesuitas y los dominicos ya trataron de resolverlo con la Polémica de auxiliis: ¿qué es el libre albedrío?, ¿existe? No creo que podamos resolverlo nunca. Los mismos acontecimientos, sobre personas muy parecidas o incluso prácticamente iguales genéticamente, generan resultados muy distintos.
La serie sugiere que el entorno penitenciario no reinserta, sino que deforma y radicaliza. ¿Qué lectura haces de ese retrato?
Creo que la ficción tiene un poder que no depende de la realidad, y menos mal. A veces tratamos de imponerle un esquema moralizante a una pieza artística, pero no creo que operen los mismos mecanismos. En La nena hay licencias poéticas que priorizan el impacto visual y narrativo. Aun así, los centros penitenciarios deberían servir para la reinserción, y creo que aún queda un largo camino para que cumplan realmente esa función.

¿Hasta qué punto te documentaste sobre cárceles y dinámicas reales para entender ese proceso de deshumanización?
Con Mónica Portillo abordamos cada proyecto desde lugares distintos, pero aquí había un dolor que motoriza al personaje y ese era el punto clave. Las reglas de la supervivencia también modifican la corporalidad, así que trabajamos desde una cierta animalización: Caracas se ha vuelto así porque, de otro modo, sería engullido por su entorno.
El acercamiento de Caracas a una secta introduce el tema del fanatismo. ¿Cómo trabajaste esa transición?
Uno puede pensar que está a salvo de caer en ese tipo de redes en momentos de desesperanza, pero la realidad demuestra lo contrario. Caracas encuentra su hogar en ese dogma. También ocurre en relaciones destructivas: hay muchos paralelismos en nuestro entorno.
¿Crees que el personaje habla también de una carencia emocional más amplia?
El sentimiento de pertenencia es algo intrínseco. Nos sentimos en paz y seguros cuando formamos parte de un grupo. En su caso, esa necesidad se intensifica porque está solo y perdido en un momento muy delicado, y por desgracia cae en las manos equivocadas.
La serie plantea la religión casi como un arma. ¿Qué reflexión te llevas tú sobre la fe?
Profesar fe es algo muy amplio y no necesariamente ligado a una religión organizada. A veces depositamos fe en personas, la perdemos y la recuperamos. Me interesa pensar si creer en algo superior puede colocarnos en un lugar más humilde y empujarnos a conocer más, porque desconocemos mucho.
“La soledad y la falta de amor pueden empujarnos hacia cualquier abismo.”
¿Cómo evitas juzgar a un personaje así sin justificarlo?
Entendiendo que hay parte de ese personaje en mí como ser humano. Comprender no significa justificar, pero todos tenemos zonas oscuras y es importante explorarlas. Si no lo hacemos, pueden apoderarse de nosotros. El juicio muchas veces nace del miedo y de la incomprensión.
Cuando trabajas con una oscuridad tan densa, ¿realmente se sale del personaje?
Sé que este tema genera fascinación pero creo que los actores intentamos dejar el personaje en el set. A mí me gusta trabajar desde lo físico y eso ayuda a desprenderse.
¿Te ha cambiado este papel en tu forma de entender la violencia?
Me cuesta mucho entender la violencia. Está ahí, cada vez más presente, pero este trabajo me ha permitido comprender algo más. Siento que la soledad y la falta de amor pueden empujarnos hacia cualquier abismo. Yo he tenido la suerte de crecer rodeado de amor, y eso te da alas. Nadie debería verse privado de algo tan esencial como amar y ser amado.
¿Crees que cualquiera podría cruzar ciertas líneas en determinadas circunstancias?
Nunca sabes hasta dónde podrías llegar en determinadas situaciones. Mi tía Belén siempre dice que no hay mala hierba, sino malos jardineros, y creo que hay algo de verdad en eso.
¿Qué te gustaría que el espectador sintiera al ver a Caracas?
En el mejor de los casos, me gustaría que se sintieran perturbados por su aparición y que, en algún momento, pudieran llegar a sentir compasión, aunque no sea fácil.


