El pasado fin de semana, por fin, se estrenó la versión de Emerald Fennell del clásico escrito por Emily Brontë, Cumbres borrascosas. Y digo ‘versión’ porque, desde que el proyecto se anunció y el casting se hizo público, la sensación de que la fidelidad no iba a ser un rasgo característico de esta adaptación respecto al original se hizo muy evidente. Incluso llegaron a circular por internet rumores de que la película no sería una adaptación como tal, sino que Margot Robbie interpretaría a una actriz inmersa en el rodaje de Cumbres borrascosas. Sin embargo, este viernes todas las dudas quedaron despejadas.
La película ha sido uno de los estrenos más esperados del año y, probablemente, ha protagonizado el tour promocional más potente de 2026: una campaña marcada por la expectación, el magnetismo de dos de las estrellas más rutilantes del firmamento hollywoodiense y una estrategia de comunicación milimetrada. Margot Robbie, además, ha vuelto a demostrar su dominio absoluto del escaparate mediático, repitiendo el fenómeno estilístico que ya desplegó durante la promoción de Barbie de la mano de Andrew Mukamal. Todo parecía jugar a favor.
Pero ¿qué ha ocurrido tras el estreno? Lo previsible. Las opiniones no han tardado en inundar las redes sociales y, en su mayoría, han sido más negativas que positivas. Siempre que se adapta un libro surge el mismo debate entre los puristas, que defienden la obra original a muerte y exigen una traslación rigurosa, y quienes aceptan que toda adaptación implica una relectura. Para los primeros, cualquier desviación es una traición; para los segundos, una oportunidad creativa.
También están quienes se han rendido, consciente y abiertamente, al placer estético que ofrece la película: un despliegue visual sustentado en la belleza magnética de sus protagonistas, en unos paisajes imponentes y en el exquisito vestuario diseñado por Jacqueline Durran, elementos que en el cine pueden ser tan determinantes como los diálogos o las interpretaciones. Sin embargo, el problema no reside ahí.
La película, irregular y descompensada, parecía tenerlo difícil desde el principio. En sus dos horas y cuarto de metraje, apenas logra abarcar la mitad de la complejidad narrativa de la novela. Existe la idea (equivocada) de que Cumbres borrascosas es una historia de amor prohibido, cuando en realidad el libro de Brontë es un complejo juego de espejos entre dos generaciones que luchan por no sucumbir a la hostilidad del entorno en el que viven. La finca aislada y azotada por el viento no es solo un escenario, sino una maldición que modela y deforma a sus habitantes. En la primera mitad del libro, de hecho, sus protagonistas resultan profundamente desagradables, casi insoportables.
Fennell ha declarado que su intención era rellenar los huecos que deja la novela, narrada en gran parte por Nelly Dean, personaje interpretado por Hong Chau y que en la película adquiere una presencia más visible y activa. Sin embargo, “rellenar los huecos” no equivale necesariamente a profundizar. Si la Catherine que interpreta Margot Robbie es caprichosa y cruel en el libro, la película añade escenas que intensifican esos rasgos sin aportar nuevas capas de complejidad. No amplía la dimensión psicológica de unos personajes ya de por sí complejísimos; más bien los reduce a sus impulsos más básicos.
Y ahí reside una de las grandes pérdidas. Estos personajes ganan más cuando callan que cuando hablan. Son criaturas moldeadas por un entorno hostil, dominadas por impulsos primarios, abruptas, irracionales, incapaces de tomar decisiones serenas. Tanto en la novela como en la película rara vez actúan desde la calma o la sensatez. La diferencia es que el libro invita a comprender, aunque no a justificar, esa deriva emocional; la película, en cambio, apenas intenta ir más allá. No se esfuerza por ofrecer una mirada que ilumine sus contradicciones, sino que se limita a envolver el calentón en un envoltorio visual deslumbrante, acompañado de una banda sonora omnipresente que termina por subrayar lo evidente.
El resultado es una obra hipnótica en lo formal pero superficial en su aproximación dramática: una adaptación que deslumbra, sí, pero que rara vez se adentra en la tormenta interior que convirtió la novela de Emily Brontë en un clásico imperecedero.