Resulta fascinante observar cómo ciertos proyectos logran desprenderse de su piel original sin perder el esqueleto. Un ejemplo de esto es Cueva Mapache. Lo que comenzó en 2019 como una incursión de Edu y Núria en el rockabilly y el rock’n’roll de raíz ha terminado por florecer en pura inquietud en la escena. Tras el punto de inflexión que supuso Surcos, su anterior proyecto, donde ya asomaban influencias de nombres como John Maus o Dry Cleaning, el dúo de Vic regresa con Espina. Y lo publican como un ejercicio de autoedición que no solo confirma su madurez, sino que los posiciona en ese entre-lugar donde la experimentación sonora se encuentra con la accesibilidad más pop.
La dualidad de este proyecto se manifiesta en dos cortes que parecen habitar dimensiones opuestas pero complementarias. En Hurto, la banda se sumerge en un dream pop de una densidad casi física; aquí, las guitarras atmosféricas flotan sobre una base rítmica donde el contrabajo, marca de la casa, adquiere un carácter percusivo y tenso, dialogando con cajas de ritmos que aportan un aire industrial y envolvente. Por el contrario, Misión nos descubre su faceta más sofisticada y actual. Es un tema que bebe directamente del R&B, integrando bases electrónicas sin renunciar a su propia personalidad. 
Para este viaje, el dúo ha sabido rodearse de aliados estratégicos que han terminado de pulir su nueva identidad. La mano de Diego Escriche (La Plata) en la producción y mezcla es evidente en la cohesión de estas dos caras, logrando que el salto estilístico se perciba como una evolución orgánica y no como un capricho. Si a esto le sumamos el mastering de Víctor García en Ultramarinos Costa Brava, habitual de la casa que aporta esa solidez sonora tan necesaria, el resultado es un trabajo que trasciende el formato single. Espina no es solo un puente hacia su próximo larga duración, es el manifiesto de una banda que ha decidido que su único destino es la búsqueda constante.