Casapalma es la casa familiar de Irene. En su cocina, su abuelo se juntaba con sus amigos para cantar. Años más tarde, Irene y Yoel cantan esas canciones. Pero no las dejan como estaban, van más allá, buscando hasta dónde pueden llevarlas sin perder lo que son. Después de que su álbum debut, Montañesas, recalase entre los mejores álbumes, tocaba mantener el nivel. Llegó entonces su segundo proyecto: Jotas, un espacio donde los ritmos y las formas de baile tradicionales andan libres entre lo moderno. Este año han sacado Bota’la Aña con el grupo gallego Alana, tendiendo otro puente entre los folclores autonómicos.
Sobre vuestro segundo álbum, decidme una película, serie y libro que definan el espíritu de Jotas.
Yoel: The Straight Story, de David Lynch, Doctor en Alaska y Novecento, de Alessandro Baricco.
Jotas lo definís como un diálogo entre la tradición y los sonidos y técnicas actuales. ¿Qué fue lo más complicado de conseguir en esa conversación entre géneros?
Cuadrar las formas. Todas las formas de las melodías son irregulares y la gracia está en que no se sienta irregular. Hacer que las formas del baile encajen con arreglos y que no se hagan raras las esperas entre copla y copla. Ha sido muy complicado y no hubiera sido posible sin la ayuda y colaboración permanente de Aurelio Vélez, nuestro asesor etnográfico y panderetero. Hemos sudado para poner todo en su sitio.
En Cómo no vas, cómo no vienes habláis de que “ahí le va la despedida, la que dan los labradores”. ¿Cómo es ese adiós?
“Surco arriba, surco abajo”. No es una despedida específica, es simplemente una rima. Es muy común para cerrar el baile de jota que la última estrofa sea de despedida, así los bailadores saben que acaba el baile. Hay muchos cantares de despedida diferentes.
En Jota de la pernía dices que “No canto porque bien canto ni para lucir la voz, canto porque no se junten la pena con el dolor”. ¿Cuánto hay de verdad en esa frase?
Como en la mayoría de las letras populares, en los dichos y en los refranes, hay muchísima verdad. Estas canciones nos gustan especialmente por eso, porque son transmisoras de todo un sentir y un saber de generaciones. Y, en concreto, esta letra acierta de pleno. Hacer música es un motor, es lo que le da sentido a todo pese a todo. 
Más de la mitad de las canciones tienen referencias a flores, ¿por qué?
Creo que porque la música tradicional está inspirada en la naturaleza y sus ciclos, en el paisaje. Las flores representan el cambio de estación, están presentes en las fiestas, en los rituales, en el cortejo, etc. Simbolizan la belleza, el afecto y la delicadeza y, por eso, siempre tienen un lugar especial en el cancionero popular.
Vuestras portadas contienen elementos tradicionales: Montañesas tiene un traje pasiego y Jotas, motivos del paño picao. ¿Por qué en los conciertos no vestís así? Igual podéis sacar una línea de ropa, algo ‘neofolclórico’…
En Montañesas, el traje es del grupo de coros y danzas de la sección femenina. Tuvimos nuestras dudas sobre si usarlo o no pero hay algo muy de verdad en esa foto, es la madre de Irene. Nos pareció que podíamos tomarnos la licencia de utilizar algo controvertido y no estrictamente tradicional.
Somos muy sensibles con el tema de la apropiación cultural y reflexionamos mucho al respecto. Aurelio es también experto en indumentaria tradicional y tiene un colectivo etnográfico que es una pasada. Verles vestidos siendo respetuosos con cada detalle es emocionante. Creemos que es más interesante colaborar con ellos para que la gente pueda ver cómo es realmente la indumentaria tradicional. Precisamente los grupos de coros y danzas han deformado mucho todo eso. Creemos que es importante poner el foco en las cosas informadas y bien hechas. Tenemos la suerte de rodearnos de gente que ha hecho un trabajo muy profundo en ese sentido.
“La primera parte del proyecto fue muy rápida, en los primeros seis meses ya habíamos terminado el primer disco.”
Ya lleváis seis conciertos este año y aún os quedan diecisiete, más las fechas sin anunciar aún. Vais a necesitar mucha energía para acabar la gira, ¿os da el público la suficiente?
En los últimos tres años hemos estado haciendo algo más de cincuenta fechas al año. Es una pasada compartir esta música y este proyecto con todo el mundo. El público nos devuelve el doble de energía, tenemos mucha suerte de conectar con tanta gente y bailar juntos.
A la gira tenéis que añadir ahora vuestro nuevo single, Bota’la Aña, una colaboración con el grupo gallego Alana. ¿Ya les conocíais? ¿Quién habló a quién?
Nosotros organizamos una fiesta en Santander que se llamaba Todas Al Baile y trajimos a Alana para tocar en esa fiesta. Se quedaron a dormir en Casa Palma y lo pasamos genial. Luego fuimos a tocar con ellos a Galicia. Este verano teníamos un concierto en A Coruña, donde viven, y le pedí a Antía que me mandara una canción para hacerla con nosotros. Me mandó varias opciones y esta aña me pareció una pasada. La hicimos con ella en ese concierto y como molaba tanto, decidimos sacarla. Ella grabó las voces, increíbles como siempre porque Antía es una fuerza de la naturaleza, y los sachos en Galicia.
Habláis de tender puentes entre Cantabria y otras comunidades: primero con Burgos en Ser grande siendo pequeño, y ahora con Pontevedra y Bota’la Aña. ¿Qué creéis que habéis podido aportar de la tradición cántabra? ¿Y qué os han aportado a vosotros?
La tradición burgalesa y la cántabra son muy parecidas. De hecho, la canción estaba en el repertorio de los dos sitios, por eso hicimos esa. Es muy guay darse cuenta de que compartimos muchísimo y de que la cultura tradicional nos une. La aña nos pilla más lejos. Los ritmos gallegos son una maravilla para hacer música de baile, están en tempos mucho más fáciles de llevar a contextos modernos, y además siempre tienen esos ‘la la la’ superguays para corear. Nos encanta la música gallega.
Nace del ritmo del sacho, una herramienta agrícola. ¿Fue complicado trabajar con ese sonido?
Muuuuy complicado. Se mete por todas partes, se choca justo con las partes guays del 303, ese típico sinte ‘ácido’, pero tiene un punto salvaje increíble. Junto con la voz de Antía es algo ancestral que tiene una fuerza brutal.
Lo lleváis por un camino inusual en la tradición: el hardstyle. ¿Por qué os decantasteis por él? Además, no es un género que aparezca en vuestras canciones, ¿os sentisteis cómodos?
Yoel: A mí me encanta meterme en jardines. Al principio, la producción era como en la primera parte de la canción, más experimental y elegante. Pero, trabajando en agosto con Cristina Len, me propuso hacer algo hardstyle para Desde que te vi. Al principio no sabía por dónde cogerlo, he estado estudiando bastante para pillarle el rollo. Creo que se ha quedado en un hardstyle elegante que respeta esa esencia de verbena pero deja hueco para que quepa lo tradicional sin perderse.
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Casapalma era tu casa familiar; ahora es el nombre del grupo y vuestro estudio, ¿qué más es? ¿Qué os gustaría que llegara a ser?
Un ejemplo de que se pueden hacer cosas potentes desde sitios pequeños, de que esos pueblos que siempre sentimos como periferia pueden ser centros. Ahora el proyecto se extiende al Estudio Rural Las Zapateras, donde estamos dando forma a proyectos musicales de muchos artistas que vienen a convivir y a crear con nosotros.
¿Vivís vuestro papel de artistas como un compromiso con la cultura tradicional o es algo natural?
Yoel: Para mí es un viaje hacia dónde vengo, que es un terreno que hasta hace poco desconocía totalmente. Siento un compromiso con hacer bien estas canciones, respetando todos los aspectos de lo que son. Transmitir estas canciones sin alterarlas es importante para que no se deformen y se desvirtúen.
Irene: Para mí este repertorio tradicional es algo que he escuchado desde siempre. Soy consciente del enorme valor que tiene y me encantaría que se sigan escuchando y descubriendo estas canciones. Es algo que, aun siendo natural, requiere de un compromiso y un respeto.
En vuestro día a día, ¿qué música escucháis? ¿Hay canciones tradicionales en vuestras playlist?
Yoel: Escucho música muy distinta, tradicional también, pero solo grabaciones antiguas.
Irene: Yo escucho de todo, me gusta descubrir cosas nuevas. Escucho mucha música brasileña porque viví en Brasil muchos años y es un folclore que conozco muy bien y he cantado mucho también. Tengo un vínculo muy fuerte con el samba y el forró.
Si tuvierais que definir la música tradicional cántabra con una sensación para alguien que nunca la ha escuchado, ¿cuál sería?
Yoel: Para mí el sonido más característico es el rabel, y es melancólico y frágil, reflexivo, pero hay muchos sonidos y sensaciones.
Irene: Las jotas tienen un aire de melancolía alegre, son más sutiles. Las tonadas y las canciones de ronda transmiten una sensación de fuerza, de orgullo, de ancestralidad.
Si alguien de finales del siglo XIX escuchara una canción vuestra, ¿creéis que vería los reflejos de las montañesas?
Sí, creo que hemos mantenido las canciones intactas. Hay melodías pretonales que mantenemos intactas y utilizamos la armonía para colorearlas de distintas maneras, pero nunca tocamos ni una nota. Somos muy conservadores.
Las agrupaciones tradicionales tienden a ser multitudinarias. En cambio, vosotros sois solo dos. ¿Por qué optasteis por el formato dúo?
Somos prácticos y la electrónica permite este formato. Podemos trabajar rápido y movernos con facilidad. Ser un núcleo de dos al que a veces se suman más ha sido muy clave para poder arrancar con este proyecto.
Irene, estuviste una década en Barcelona y otra en Brasil, ¿cómo fue para ti ese regreso a casa?
Fue algo que siempre imaginé que pasaría. Mi sueño desde pequeña era vivir en el pueblo pero nunca creí que pudiera hacerlo o no sabía cómo. Cuando llegó la pandemia y volví por un tiempo a España, no pensé que sería para quedarme. Toda mi vida y mi carrera estaban fuera. Me refugié en Casa Palma, la casa de mi familia aquí en Cabuérniga, y en ese tiempo me reconecté con la música tradicional y con el valle, conocí a Yoel y empezamos este proyecto. Todo fue cobrando sentido y decidí quedarme y cantar la música que me pertenecía, la que he cantado desde siempre. Un cambio enorme pero con todo el sentido.
“Estas canciones nos gustan especialmente por eso, porque son transmisoras de todo un sentir y un saber de generaciones.”
Cantabas folclore brasileño y latinoamericano, ¿qué diferencias encuentras frente al español?
Brasil es un país enorme, cada región es muy rica culturalmente y con miles de ritmos y matices. El folclore brasileño es una síntesis de tres raíces: europea, africana e indígena. Y eso hace que sea muy diferente del nuestro. Desde la forma de bailar, la temática de las letras, las celebraciones, etc. Al mismo tiempo, en algunas regiones encontré mucha afinidad. De manera natural conecté mucho con los ritmos del nordeste (Bahía, Pernambuco, Ceará) donde se percibe claramente la influencia ibérica, como por ejemplo en el uso de la rabeca (rabel) y el pandeiro (pandereta) e incluso algunas coplas que las he encontrado en canciones de aquí.
Durante el confinamiento, diste con Yoel y le hablaste de Casapalma. A distancia y con pantallas de por medio, ¿os costó empezar a maquinarlo? ¿Llegasteis a pensar que no saldría adelante?
La verdad es que fue un comienzo totalmente espontáneo, natural y certero. Conocí a Yoel a través de redes sociales. Le conté que estaba viviendo en el pueblo y que tenía la idea de comenzar un proyecto cantando música tradicional de Cantabria. Él estaba, por su parte, en el pueblo de su abuela, a una hora y media del mío, en Valderredible. Y me contó que él llevaba tiempo con la misma idea de empezar un proyecto así. Fue un encuentro increíble. Al día siguiente de esa conversación vino hasta Cabuérniga, montó el estudio portátil en la cocina de Casa Palma y en dos días teníamos prácticamente esbozado gran parte de nuestro primer disco.
Sois una cántabra y un madrileño. Irene, ¿cómo conseguiste que adoptara tus raíces norteñas?
Yoel es un cuarto cántabro, su abuela materna es de Renedo de Bricia, en Valderredible, donde han mantenido la casa familiar y ha pasado todos los veranos de su infancia y adolescencia. De hecho, cuando le conocí, él estaba viviendo allí, fue su refugio en la pandemia. Este proyecto le ha acercado a sus raíces también. Quizá no las ha vivido tanto como yo, pero de alguna manera le pertenecen también.
Yoel, en una entrevista hablabas de que también querías empezar un proyecto y que sentías que la electrónica te podía llevar a un sitio interesante. ¿Lo que te presentó Irene te encajaba o tenías otra idea en mente?
Estaba sampleando unos discos que se llaman La música tradicional de Castilla y León, que editó RTVE en los 90. Dando forma a algunas canciones que ya iban en esta línea, encontrar a Irene fue genial porque le dio sentido a todo. La primera parte del proyecto fue muy rápida, en los primeros seis meses ya habíamos terminado el primer disco. Luego tardamos casi dos años en conseguir tener la estructura para sacarlo entero con Raso entrando en el equipo.
Vives la industria musical desde tres puntos: músico y compositor, productor y mentor. ¿Cuál es el que más disfrutas?
Disfruto de dar forma a ideas nuevas, en la música y en cualquier otro ámbito. Me gusta crear y ayudar a otros en sus procesos creativos.
En el Norte, ya había otros proyectos vinculados a los sonidos más tradicionales como Baiuca, Tanxugueiras o Rodrigo Cuevas. ¿Os sirvieron como inspiración al empezar?
Yo estaba empezando a trabajar en todo esto cuando descubrí estos proyectos. Recuerdo muy bien cómo descubrí cada uno de ellos. Para mí fueron inspiración y confirmación de que estaba pasando algo que necesitaba ocurrir. Mi inspiración inicial, para todo, fue Rosalía. Antes de El mal querer yo era guitarrista y, después de escucharlo, entendí todo de otra manera. Para mí fue una epifanía total.
Vuestro primer álbum, Montañesas, fue seleccionado entre los diez mejores del año en la Lista Ibérica de Músicas de Raíz y elegido entre los cien en la lista internacional Transglobal World Music Chart. O sea, empezasteis ya por todo lo alto, ¿no?
El proyecto tuvo muy buena acogida en el mundo del World Music. Nos llevaron a Womex a hacer un showcase en Manchester, fue muy divertido. Estamos muy contentos. Ahora estamos poco a poco llegando a públicos más generales.
Empezáis una nueva etapa con Cencerro Producciones, ¿qué podemos esperar a partir de ahora de Casapalma?
Cencerro es un proyecto muy parecido a Casapalma. Ellos llevan ya cinco años organizando el Sierra Sonora, con cuatro ediciones al año, en un pueblo de cuarenta habitantes en La Rioja. Es un festival espectacular por el que está pasando lo mejorcito del panorama estatal y, a veces, también internacional. Han hecho un trabajo espectacular poniendo a todo el pueblo a trabajar junto con una ilusión contagiosa. Estamos muy contentos de habernos encontrado con Álvaro y Víctor, que también tienen muchas ganas de que las cosas hechas desde los pueblos lleguen lejos.
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