Carmen Lancho bautiza su entrada en la industria con Dramitas, un trabajo que no nació para exponerse, pero que acaba siendo una carta de presentación cruda, directa y profundamente honesta. El disco mezcla géneros sin buscar etiquetas, y hace de lo íntimo algo universal. Verso a verso, va afilando un lenguaje propio, lleno de dudas, ironía y verdad.
Entre el pop y el jazz, su identidad no se inventa, se afianza. Carmen asume la contradicción, se sale de lo previsible y pone la voz al frente. La formación clásica está, pero no pesa: se convierte en herramienta, no en corsé. Aprendió las normas para poder romperlas.
Para empezar, ¿qué has estado escuchando este último mes desde que salió el EP?
Mucha música muy distinta. Estoy intentando encontrar cosas nuevas que me inspiren. Durante mucho tiempo busqué solo en mí misma y en lo que ya conocía, pero ahora me apetece abrirme más, incluso a estilos que no siento tan cercanos. Ver si puedo hacerlos míos. Estoy intentando quitarme prejuicios y desencasillarme un poco.
Este es tu primer EP, pero llevas toda la vida rodeada de música: conservatorio, estudios… ¿Siempre supiste que querías dedicarte a esto?
Nunca me lo planteé como una decisión. Desde que tengo uso de razón he sabido que quería ser cantante. De pequeña era ópera, de adolescente soul, hace poco jazz, y ahora pop. Soy muy caótica y cambio todo el rato, menos esto. Otra cosa es pensar que podía vivir de ello. No siempre lo he tenido claro, y muchas veces me planteo trabajos que me permitan seguir haciendo música aunque no sea mi oficio principal.
Si hablamos de raíces, el jazz tiene un peso importante en tu camino. ¿Cómo llegó a ti?
Por pura casualidad. Me dieron una beca completa en una universidad con grado en música moderna y me apunté. Al empezar me di cuenta de que en realidad era un superior de jazz… y yo ni siquiera sabía lo que era el jazz. Tardó en gustarme, no lo entendía. Pero un día me cambió la percepción por completo y me enamoré. Me volví adicta a estudiarlo, escucharlo, cantarlo, analizarlo, compartirlo. Fue muy inesperado.
NO! es un proyecto donde mezclas jazz clásico con letras propias. ¿Cómo entraste en el vocalese?
En mi proyecto de jazz hay tanto temas de otros autores con modificaciones mías como composiciones propias, muy influenciadas por el vocalese, como en NO!. Me empezó a interesar porque, al empezar a estudiar jazz, solo conocía instrumentistas, y tenía mucho complejo de ser cantante. No podía cantar los temas que tocaban porque no tenían letra, así que empecé a ponerles letra yo. Eso es básicamente el vocalese. Más adelante empecé a componer mis propios temas, pero después de tanto tiempo cantando vocaleses, mi forma de escribir en el jazz mezcla de forma muy clara lo vocal y lo instrumental.
Carmen_Lancho_3.jpg
¿Qué te llevó a lanzarte con estos proyectos y cómo se conectan entre sí?
El vínculo entre todo soy yo. Me interesan muchas cosas y, como cualquiera, soy varias personas a la vez. Empecé a componer y a dar conciertos de jazz porque llevaba mucho tiempo cantando temas ajenos que me gustaban, pero también porque pensaba que sentarme a escribir era demasiado pretencioso, como si ya todo lo valioso estuviera dicho. En un momento dado, por pura diversión, pensé que sería interesante juntar el lenguaje más purista del jazz con mis vivencias de chica madrileña de veintitantos. Y me puse a escribir. Mientras lo hacía, a veces salía pop. Y al principio eso me generaba mucho rechazo. Poco a poco me dejé llevar, y de ahí nació Dramitas. Aunque ambos proyectos son muy distintos, parten de lo mismo: quitarle trascendencia a la composición e intentar escribir desde la sinceridad.
Aunque sea tu debut oficial, llegas con recorrido. ¿Por qué ahora?
No ha sido una decisión muy pensada, simplemente ha salido cuando lo tenía todo listo. Más allá de lo musical, hay muchas gestiones y decisiones detrás, sobre todo siendo artista independiente, y para mí cada día era un mundo nuevo que no sabía muy bien cómo afrontar. Me ha gustado ir sin prisas, porque he podido aprender de cada paso.
Hace tiempo dijiste que te costaba escribir música intelectual. ¿A qué te referías? ¿Cómo lo entiendes ahora?
Cuando estudias mucho e intelectualizas algo tan visceral como la música, es fácil acabar usando más el conocimiento que el sentimiento. Te refugias en la teoría y te quedas en el juego mental, en vez de pararte a pensar qué quieres decir. A mí me pasó un poco eso. Con Dramitas intenté soltar todo eso. Decir exactamente lo que quiero decir y nada más. No meter un acorde raro para que suene interesante. No hacer una melodía aguda solo para lucirme. No usar una metáfora enrevesada para decir algo sencillo. Me gusta saber que, aunque tenga muchas herramientas gracias a haber estudiado música, también soy capaz de elegir solo cuatro acordes y guardarme los otros cuatrocientos para otra ocasión.
Dramitas tiene algo testimonial, muy directo. Si hay que decirle a alguien que es un hijo de puta, se dice. ¿Cómo viviste escribir desde ese lugar?
Lo fundamental es que cada uno de estos temas los escribí pensando que nunca saldrían. Le conté a mi psicóloga todos los juicios que tenía hacia la composición y me propuso que escribiera canciones que no fuera a enseñar a nadie. Y lo hice. Fue un ejercicio precioso. Yo, que le doy demasiada importancia a la opinión de los demás y a cómo soy percibida, acabé escribiendo cosas muy íntimas, de forma muy clara o incluso agresiva. No fue algo planeado, ni siquiera sabía lo que estaba haciendo, pero fue muy liberador. Me encanta cuando las cosas no se camuflan. Se siente como un acto de rebeldía.
¿Qué te llevó a lanzarlo, si no pensabas hacerlo?
Escribí estos temas con la idea de no sacarlos nunca. No me gustaban, los menospreciaba y me daba vergüenza haberlos escrito. Pero poco a poco, después de pensarlo mucho, empecé a subir alguno a redes. Y vi que muchas chicas estaban viviendo exactamente lo mismo que yo. Igual que a mí me sanaba escribir sobre eso, a ellas les sanaba escucharlo. Ahí empecé a valorar que ser tan vulnerable también podía ser algo valiente y bonito. Y me parecía muy feo tener esos temas secuestrados solo porque mi ego no me dejaba ver su valor.
Este disco es casi un exorcismo emocional. ¿Cómo llevas exponerte así en un contexto que muchas veces exige perfección?
Por un lado es súper liberador y me siento la persona más fuerte del mundo. Por otro, me da muchísima vergüenza y pienso que he hecho un sincericidio. ¿A quién en su sano juicio se le ocurre sacar esto? Es curioso, pero no lo habría hecho de otra manera. Lo siento tan mío que ni me cuestiono si está bien o mal. Es literalmente lo que soy. Y la verdad es que estoy muy orgullosa de mí misma por haberlo hecho así.
El jazz tiene una historia ligada a la reivindicación. ¿Crees que eso ha influido en tu forma de escribir?
Seguramente mucho. El jazz siempre ha sido un lenguaje muy puro, no buscaba la intelectualidad por encima de lo emocional, aunque ahora a veces se entienda así. No creo que sus letras me hayan influido de forma directa, pero sí que están muy presentes en mí, seguro que también en mi música, aunque sea de forma inconsciente.
Cada tema de este disco tiene un peso emocional enorme, contado desde lo cotidiano. ¿Cómo fue ese proceso?
Componer es parte de cómo proceso lo que me pasa. Tengo mucho barullo mental, casi siempre siento que hay algo dándome vueltas, y escribir me ayuda a identificarlo. No escribo para hacer una canción, sino para expresarme y entenderme. Por eso el resultado es tan directo y cotidiano: no estoy buscando la forma más estética de decir algo, ni hacer el mejor estribillo. Solo estoy intentando descifrarme de la forma más clara posible, para entenderme yo a mí misma.
Además del jazz y lo clásico, ¿qué otras referencias fueron clave en la construcción de Dramitas?
Hay tres muy claras para mí. A nivel de contenido, me marcó muchísimo la serie Fleabag. Durante la composición me venían muchas escenas suyas a la cabeza; es una serie muy especial para mí. En la forma de escribir, mi máxima inspiración desde pequeña ha sido Gloria Fuertes. Pienso en ella casi a diario, su influencia siempre va a estar ahí. Y en la producción, con Harto Rodríguez, trabajamos mucho desde la idea sonora de la película Normal People, que él propuso desde el principio. Se nota especialmente en Todo Lamento.
En tus temas, la voz está por encima de todo. ¿Tenías clara esa intención desde el principio?
Sí. Escribí estas canciones con la única intención de contar lo que dicen las letras, así que todo lo demás tenía que estar al servicio de eso. Intentamos no meter sonidos que distrajeran y mantenerlo todo muy acústico, para que se entendiera bien dónde estaba el foco.
En temas como Máquina de Psicoanalizar la producción también cuenta cosas. ¿Cómo fue ese proceso?
Mi idea inicial era que todo el EP fuera solo con piano y voz. Incluso pensé en sacar directamente las notas de audio del móvil del día en que compuse cada tema, porque era algo tan íntimo que me daba miedo que otros elementos le quitaran pureza. Grabé todo cantando y tocando a la vez, en un mismo día, sin posibilidad de corregir errores. No quería grabar 60 tomas y que sonara perfecto pero sin alma.
A partir de ahí, con Harto fuimos viendo qué tipo de producción podía encajar. Negociamos mucho, y al final quedó algo menos ligero de lo que yo imaginaba. Y fue una sorpresa darme cuenta de que, añadiendo ciertos elementos electrónicos, lo sentía incluso más íntimo y visceral. Fue un aprendizaje enorme y cambió por completo mi forma de ver la producción.
Tu obra mezcla muchas cosas que, a priori, no encajan: pop y clásico, dulzura y crudeza, estéticas opuestas. ¿Cómo gestionas esa identidad tan contrastada?
La verdad es que no lo sé. Cuando lo pienso mucho me agobio, porque siento la presión de tener que definirme con algo claro y fácil de vender. Me tranquiliza pensar que soy muchas cosas, que a veces se juntan y otras se separan. Ahora mismo el jazz y el pop los siento como polos opuestos dentro de mí, y no me apetece mezclarlos… pero ¿quién sabe si un día hago un disco de jazz-pop fusión? También dibujo, hago sellos, collares, uñas, camisetas, escribo, decoro… Me parece más divertido no buscar una unidad, sino dejar que todo conviva porque todo sale de mí.
Este EP marca un antes y un después, también en lo personal. ¿Qué ha cambiado de la Carmen que escribió Dramitas?
Siento que Dramitas es la documentación sonora de una parte de mi proceso psicológico. Refleja muy bien las distintas etapas por las que pasé en ese momento. Ahora ya no soy exactamente la misma Carmen que lo escribió, pero sigue estando dentro de mí. Soy una versión actualizada de ella. Ahora, por suerte o por desgracia, más protegida, menos buena y mucho más enfadada.
¿Y ahora qué? ¿Cómo te planteas el futuro?
Lo pienso mucho. Mi intención es encontrar un equilibrio entre esta parte tan pura y sin filtro y las ganas que tengo de probar cosas nuevas. Explorar sin perder lo visceral. También me planteo no anclarme en la tristeza. No quiero condenarme a que mi arte solo salga del sufrimiento. Si algún día tengo la suerte de estar más contenta, me gustaría aprender a escribir también desde ahí. A ver cómo me sale.
Carmen_Lancho_1.jpg