“No tiene nombre”, gritaba sin parar una mujer de Málaga después de cada canción de Carlos Ares. Lloraba, cantaba y le grababa audios por WhatsApp a su pareja mientras otrxs la miraban de soslayo, algo molestxs con tanta voz y tanta entrega a la causa. Una persona intensa aquella, como la atmósfera que, a lo largo de dos horas, fueron tejiendo el gallego y su banda en la, al parecer, no tan pequeña Sala Impala de Córdoba. Y es que nunca antes un día de perros supo tan bien.
Una niña de unos diez años esperaba en la cola agarrada a la mano de sus padres, de unos cuarenta y muchos, mientras otra veinteañera confesaba entre amigxs que había sacrificado a Taburete en Sevilla esa misma noche por el coruñés. Pocas veces, por no decir ninguna, ha visto la sala 2 de la Impala a unos fans tan generacionalmente opuestos esperar con el mismo nivel de ganas y entusiasmo. ¿El motivo? Carlos Ares en Córdoba. El cuarto de los cinco primeros conciertos completamente agotados de su gira La boca del lobo, y el único, de los siete que dará en Andalucía, celebrado en sala. Una que, el pasado 21 de febrero, acogió en la ciudad a una congregación de peregrinos totalmente entregados al rezo.
Tras una espera considerable desde que abrieran las puertas, el ambiente estaba lo suficientemente caldeado como para que detonara ya en la primera canción, Días de perros. La banda arrasó el escenario de la Impala dejando para el final la vibrante aparición de Ares, que se materializó con su guitarra como un fauno. Algunas de las míticas como Aquí todavía, Mi lengua no tiene pelos, Autóctono o La boca del lobo, que bautiza tanto al segundo álbum como a la propia gira, no tardaron en salir a escena. Momento culmen en el que los “lo, lo, lo, lo” del estribillo se hicieron eco en toda la sala. Seguidamente, un “Vamos a hacer como si no hubiera pasado nada” entre risas por parte del cantante, al recoger y alzar con la mano un manojo de cencerros desprendidos de la propia escenografía, indicaba ya el rumbo que tomaría todo aquello. 
Ultimátum y Un beso del sol, entre otras, fueron las encargadas de establecer un punto de inflexión clave durante la cita. Este último tema, por supuesto, conducido de la mano de su inseparable guitarrista en esta gira, la maña Begut, que, tan genuina siempre, deslumbró por completo entre pompas de jabón y un hipnótico juego de luces. Sonó Materia prestada y también Manolo García. Momento tras el que los músicos al completo se retiraron del escenario, dejando siete taburetes bien alineados. Un emotivo interludio en el que sonaron, entre timbales, guitarras, bajos, violines y maracas, Terrícola, Mineral y Collar. Para el desenlace de la noche apostó Ares por Importante, Rocíos, Velocidad, Peregrino y Páramo, entre otras, dejando así un ambiente de puro éxtasis entre los fans.
Ni siquiera hizo falta profesar una devoción especial por Carlos Ares para dejarse llevar por una propuesta que rebosó carisma y vitalidad, una escenografía e iluminación tan evocadoras como precisas, y un repertorio capaz de enganchar al público desde la primera nota. Lo sintetizaba muy bien el crítico musical Fernando Neira en Instagram, diciendo de él que ya no es artista revelación, sino un “fenómeno deslumbrante”.
Y así fue aquella noche. Un fenómeno deslumbrante empapado de música popular, sintetizadores y texturas ambientales que confirmaron un arranque de gira que apunta a no decaer. Y que el nombre de Carlos Ares solo es el principio de algo grande.
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