Me llamo Carla Fuentes Fuertes. Por una letra no tuve los apellidos iguales. Nací en Valencia, a finales de los años ochenta. Así que casi tengo el cuatro delante. Veo un cuatro enorme a lo lejos. Os escribo camino a Bilbao, mañana se inaugura una exposición colectiva de retrato en la galería SC Gallery. Salir del agujero no está mal, así que aprovecho inauguraciones para relacionarme con otros artistas y gente que está dentro de este loco mundo del arte. Me hace ilusión compartir paredes con otras cabezas que pintan.
Artículo extraído de ACERO vol. 13, publicada en mayo de 2026. Hazte con tu copia aquí.
La verdad es que jamás me hubiese imaginado que me iba a dedicar a la pintura. De niña quería ser sastre, así que estudié diseño de moda; también Bellas Artes, pero la vida quiso llevarme por otros caminos. Empecé subiendo garabatos a Fotolog y MySpace allá por 2004, y pronto empecé a tener trabajo de ilustración. Las redes empezaban y estaba todo muy verde, así que quien tenía presencia por ahí tenía trabajo. Las marcas pronto empezaron a escribirme, y también prensa y editoriales. He trabajado con muchas revistas, agencias, músicos, marcas, directores de cine… He hecho mil proyectos, siempre relacionados con lo creativo. Echo la vista atrás y me sorprende la cantidad de dibujos, ilustraciones, obras y proyectos que guardo en los discos duros… En nada hará veinte años que empecé.
Actualmente estoy más centrada en mi proyecto de pintura, una obra más íntima y personal que me gusta contar a través del óleo y que se puede ver en exposiciones cada dos años aproximadamente. Un trabajo más minucioso que requiere días y días en el estudio. Este trabajo es bastante solitario. Una rutina constante. Un método. Es lo que más me gusta hacer en el mundo. Mi idea es morirme pintando. Hasta el último día. Pensar ideas, verlas convertirse en algo real, físico… Ese gesto mágico que tu cerebro ejecuta al mezclar colores en la paleta y poner pinceladas en el lienzo. Es rarísimo. Todavía me sorprendo de mí misma haciéndolo. He ido aprendiendo en el hacer. En el estudio, probando cosas es donde he visto mi evolución y donde me he ido conociendo y creando un estilo. También se aprende el oficio. Vas viendo cómo mejoras con el tiempo, cómo vas conociendo los materiales, cuáles son los que te gustan más o menos. Aprendes a diferenciar las calidades, la diferencia de texturas en los tejidos que eliges: lino, algodón… Aprendes a cuidar los pinceles más caros. A comprar menos material, pero mejor. El mejor rojo cadmio. El mejor amarillo limón a cuarenta euros los sesenta mililitros. Pero en esas pequeñas cosas está la diferencia para mí. En esas pequeñas cosas es donde está mi felicidad ahora mismo. Casi con cuarenta me siento más sabia y más centrada. Hay una tranquilidad en la edad que se agradece. Disfruto de mis días trabajando.
Desde mi estudio veo un nisperero. Los nísperos son la fruta que más me gusta. Estoy deseando que maduren para saltar la valla e ir a coger algunos. Me siento en la terraza al sol. Escucho los pájaros y las máquinas de la huerta trabajando. También escucho el tren a lo lejos y algún avión. Entonces me como los nísperos en silencio. Morder un níspero y oler a aguarrás a la vez es una droga que recomiendo. Esa mezcla es deliciosa. La higuera ha empezado a sacar sus hojas. Diez años de este ritual en primavera. Ojalá otros diez años más.
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El copiloto, 2026
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Titi, 2024
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¿Podemos hablar?, 2023
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Retrato clásico dentro de un coche, 2026
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Marcela, 2025