Cruzar el puente de Segovia no entraba en los planes de ningún madrileño que buscase resguardarse de una lluvia que no dio ni un minuto de tregua y que intensificaba el frío al lado del Manzanares a medio deshidratar. Pero quien alzaba ligeramente la vista fue capaz de apreciar la cola de paraguas que se resguardaba a duras penas bajo las cornisas que sobresalían de la sala de conciertos La Riviera. Era imposible divisar un solo rostro bajo las lonas que rechazaban el chirimiri, pero se palpaba la entrega a cinco kilómetros a la redonda. Solo podía ser otra Riviera de Cariño. 
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María Talaverano, Paola Rivero y Alicia Ros volvían a casa. Porque, aunque “Madrid esté lleno de provincianos y bolleras”, como exclamó la guitarrista a mitad de la velada, ellas ya son hijas predilectas. El trío originado en Lavapiés pisaba de nuevo la sala de conciertos de la zona vieja para, como es ya prácticamente costumbre, dar por sentado el primer parón de la gira de su último disco. Y casi dos mil quinientas personas se cuentan rápido para ver quien adelantaba la palmera del centro cuando se abrieron las puertas. Todo fuese por estar en primera fila. 
‘Las Rivieras’ son también un concepto en sí. Uno que envuelve en un halo de mitificación a quienes se presentan con un bajo y un teclado a tocar frente a un público leal, diverso, que repite y que saluda por primera vez. Y anoche estaban todos: los de siempre y muchos más. Y cuando se trata de Cariño, mitificación poca.
‘Las Rivieras’ exigen inquilinos como María, Paola y Alicia, capaces de encandilar al público, dar sorbos a un botellín entre canciones, y mantener un ambiente de festival sin intermitentes durante hora y media. Exige a ‘las Cariño’, como las conoce el imaginario popular, que se despedían de cuatro meses de gira por España antes de volar a Ciudad de México y culminar la temporada de salas en Tenerife, a tiempo para calentar para los festivales de verano. Y el público estaba preparado para la acción: capuchas, chubasqueros y paraguas al guardarropa por cuatro euros, y una marabunta de camisetas homónimas del cartel que colgaba la puerta o de otros conjuntos musicales dentro de la escena del indie e indie-pop en el que Cariño no reside, sino ocupa; tiene su asiento de honor. Y los más listos, anoche tenían ‘barra’.
Tanto por hacer, la última entrega de Cariño, corroboraba el mito punk y pureta de que el tercer álbum de cualquier artista es la mejor y más completa de sus obras; la que permite el riesgo gracias a la testificación de la esencia en el primero y la diversificación remolona del segundo. Y como el trío únicamente progresa, el conjunto musical dio en el clavo de principio a fin con un setlist que, de la forma más lógica y rindiendo evidente homenaje a la promoción de su último lanzamiento, escogió el balance perfecto entre un ‘mejores canciones’, ‘favoritos del público’ y ‘futuros himnos’.
La puesta en escena se percibía ya desde la entrada, con una lona vinilada en blanco y negro como única certeza de que en menos de una hora daría comienzo la noche. Amor Líquido, el telonero escogido por la banda, cogió la carrerilla suficiente para animar y amenizar la espera, que se hizo de rogar solo por seis minutos de cortesía, y que apagó las luces y encendió los focos morados con Nada importa tanto
Cariño, que ya se ha asentado como una banda generacional madrileña (aunque dos de sus integrantes sean hijas adoptivas de la ciudad), se permite hacer contrastes repentinos entre temas, como la elección de secuenciar No quería escribir de amor y Canción de pop de amor, o La bajona y Hay magia, testificaciones de que las canciones hablan y discuten entre ellas para honrar la postura romántica presentada por la banda, y a escoger por el público. Testificación, también, de que han cambiado muchas cosas, pero que el amor, en cualquiera de sus formas, sigue ahí.
María, Paola y Alicia, acompañadas del piano y batería batería a manos de Zazo0000 y David Chamizo, son testimonio del clásico que afirma al amor como el sentimiento más charlatán habido y por haber; uno que (las) mueve a hacer canciones hiperrealistas que, sin metáforas, trampa ni cartón, hablan directamente a un público entregado a la causa y que busca un final de semana redondo. Uno que, evidentemente, cuenta con una tarde de domingo para cantar al unísono La última vez, Te brillan, o Veneno
Tienen, además, las tablas suficientes como para salir y entrar del escenario, comentar la jugada en B2B, intercambiar voz por teclado en tamagotchi, o dejar el bajo durante tres minutos para cantar Puesta de sol y afirmar con chulería que “en Madrid están las mejores”. Sin que cantee que Alicia es proyecto de gata.
Pero también hay tablas y visión artística suficiente como para explotar al máximo una escenografía pobre en inmobiliario, pero hasta los topes de buen gusto. Y es que la intimidad que proporciona una sala como La Riviera es inasumible por espacios y techos más altos que, pese a sus amplias capacidades, provocan un distanciamiento imposible de gestionar en esta ya histórica sala de conciertos del patrimonio cultural madrileño. Así que la banda aprovechaba para invocar la psicología del color con el cambio de tonalidades de los focos que, en más de una, dos y tres ocasiones, se sincronizaban con la temática o ritmo aullado al micrófono: naranjas y azules para la calidez melancólica de Planeta raro, mezcla de tonalidades rosas para la fiesta de trap-pop en antes, o el morado que iluminaba la sala con Siempre pierdo todo y su imaginación temerosa.
Entre agradecimientos, palmas y movimientos bruscos de cabeza, Paola, que encontró a su padre entre el barullo de las primeras filas, delató que era su primera vez viendo un directo del grupo en siete años. Una acusación que despertó vítores y asombros a partes iguales, porque chocar con el devenir del tiempo en directo es aún más impactante si hablamos de bandas como Cariño. Casi una década desde que se presentaron en el Café La Palma alabando, maldiciendo y definiéndose como “tres amigas haciendo pop y movidas”; una muy simple, pero que ellas mismas continúan escogiendo para señalarse en redes, y que el público congregado en Madrid seguía como si de un mandamiento se tratase: abrazos, risas, alguna que otra lágrima en no me convengo, y gargantas en las fronteras de la afonía animaban la fiesta que desataron y que, durante hora y media, se convirtió en el círculo cercano de quienes allí se encontraban: “Vivan las bandas de pibas; viva el pop y las amigas”.
Y siete años, tres discos y experiencia más que de sobra en la carretera proporcionaban el bagaje suficiente para intercalar clásicos como Excusas, Mierda seca, :( o La bajona, la primera canción que escribieron como conjunto en 2017, y que cantaron a pie de escenario y bajo luz tenue casi una década después.
El concierto siguió la línea prevista por el resto de los shows de la gira, y las ausencias colaborativas de Natalia Lacunza en Modo avión y Girl Ultra en Lochona se suplieron con la aparición estelar de Olaya Pedrayes, que se lanzó a llorando en la acera en representación de Axolotes Mexicanos y de “la familia que se forma en la carretera”. Y si por sorpresas y honores a su casa se quedaban cortas, añadieron solo por una noche sadmeal a la lista, clásico añorado durante toda la gira por quienes no tuvieron la suerte de presenciar el último asalto.
Las amenazas previsibles e indispensables del final de un bolo se iban haciendo eco, y fingiendo un culmen entre las lamentaciones de Y yo que pensaba, la banda salió del escenario para incitar las súplicas del “otra, otra, otra” que tanto regalan y alimentan los oídos. Y no se hicieron de rogar por más de cuarenta segundos, ya fueron ellas mismas las que iniciaron el tarareo de su ya signo de identidad: “Por ti me voy de la fiesta antes de que amanezca”. 
Si quieres, el primer single de su anterior y homónimo álbum, daba el pistoletazo de salida a los bises, que fueron continuados por Aún me acuerdo de todo, el tema principal de Tanto por hacer, y cerrados con honores y redundancia gracias a Bisexual, tuneada con un DJ set divertido y de discoteca. Sus temas dan para todo y más.
Entre manos simulando un corazón, gente a hombros, ruegos por una púa o un setlist, Cariño se despedía con reverencias y aplausos. Como vanguardia de que el sonido propio existe y que en la esencia está el seguir evocando los mismos sentimientos una y otra vez. Cuanto más repetitivo, cuanto más suene a Cariño, mejor. Lo que hay después es, si acaso, sobrevivir.
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