Esta madrugada, Bad Bunny no solo ha ocupado el codiciado slot del Apple Music Super Bowl LX Halftime Show, sino que ha hackeado el sistema desde dentro, transformando la mayor plataforma del capitalismo estadounidense en un manifiesto visual de la diáspora latina. Tras su victoria histórica en los Grammy con su último álbum, DeBÍ TiRAR MáS FOToS, Benito ha aterrizado en Santa Clara para recordarnos que el centro del mundo ya no está en Nueva York ni en Los Ángeles, sino en cualquier esquina donde suene un perreo. Su entrada, cruzando un campo convertido en cañaveral con un balón en la mano mientras sonaba Titi me preguntó, ha sido una declaración de intenciones: la herencia agrícola y el orgullo obrero reclamando su lugar en el prime time.
El despliegue ha sido un ejercicio de hiperrealismo estético de una narrativa de barrio llena de puestos de comida callejera, de barberías, de familias viendo la televisión. Pero el número de toda la actuación ha estado en La Casita: un espacio que ya hemos visto en su gira mundial, pero que esta vez han plantado sobre el césped del Super Bowl con invitados de la talla de Cardi B, Karol G, Pedro Pascal o Young Miko, entre otros, ha sido un recordatorio de que Bad Bunny no negocia su identidad: la impone. 
El momento sorpresa ha llegado cuando ha empezado a sonar la salsa, y ha sido la aparición de Lady Gaga para una reinterpretación de su tema Die With a Smile, aunque ha habido más invitados como Ricky Martin, cantando un trocito de Lo que le pasó a Hawaii, con el que se ha pretendido representar la nostalgia. Sin embargo, el verdadero triunfo de Benito no ha sido musical sino político. En un Estados Unidos fracturado por discursos de odio y una agenda migratoria asfixiante, Bad Bunny ha utilizado los trece minutos más caros de la televisión para lanzar un manifiesto de resistencia. Al subir a esa torre eléctrica durante El apagón y cerrar con un balón que rezaba ‘Together, We Are America’ después de recitar todos los países que conforman el continente, el artista no solo ha apelado a la unidad, sino al poder del amor y la identidad por encima del odio a este nuevo concepto de ‘nación’ que está emergiendo en Estados Unidos. Lo que hemos visto ha sido la respuesta estética a la hostilidad: una ocupación pacífica pero contundente del espacio público estadounidense.