Me imagino a Almodóvar en esa situación tan reconocible: has pasado el sábado fuera, quizá comiendo en Toledo o tomando cochinillo en Segovia, y al regresar a Madrid una amiga te dice, ¿salimos?, hay fiesta en tal tugurio. Y tú respondes, mira, chica, déjate, ¿para qué vamos a salir si estamos tan tranquilas en casa? Pedimos unas pizzas, vemos una película y nos quedamos aquí. Tengo la sensación de que Amarga Navidad, su nueva película, que se estrena en cines el 20 de marzo, nace, en parte, de ese impulso doméstico: el de quedarse dentro después de un día largo y rendido.
La película reúne a la flor y nata del cine español: una magnífica Bárbara Lennie, junto a Aitana Sánchez-Gijón, Milena Smit y Victoria Luengo, entre otras. Juntas articulan un melodrama que sigue a Elsa, una directora que, sobre el papel, lo tiene todo: un novio pibón que bebe los vientos por ella, un pisazo por la zona de Quevedo, una carrera consolidada, un vestuario divino y una amiga que le aguanta absolutamente todo. Sin embargo, Elsa no es feliz. Algo se resquebraja por dentro y termina manifestándose en forma de ataques de pánico y migrañas devastadoras durante el puente de la Constitución en Madrid.
La pobre no puede más. Incluso cuando se planta en uno de esos fiestones en chaletazo que se alargan hasta las siete de la tarde del día siguiente, acaba tumbada en la cama, incapaz de soportar el dolor. En medio de ese estado suena una canción de Chavela Vargas interpretada por Amaia, que funciona como comentario emocional del personaje: alguien atravesado por una melancolía difícil de explicar. Muy poético todo, pero, si a mí se me ponen a cantar con semejante migraña, no le queda Madrid para correr.
Chavela Vargas siempre ha sido uno de esos elementos del universo del manchego que me sacan ligeramente de la historia. Quizá por una cuestión generacional: nunca la escuché en el coche cuando era crío, ni en el tocadiscos de casa, ni entre mis amigos o parejas. No forma parte de mi paisaje sentimental y, por eso, siempre me ha costado conectar con esta artista tan reverenciada. Sin embargo, lo más interesante de la película, y lo que la distingue de los últimos trabajos de Almodóvar, es el grado de autoconciencia que introduce. Sus obras recientes eran más contenidas, muy apoyadas en la estética, en los silencios y en una intensidad emocional extremadamente controlada. Amarga Navidad, en cambio, podría describirse casi como un Scream almodovariano.
¿Por qué? Porque, además de la historia de Elsa, aparece un segundo plano narrativo: un director de cine interpretado por Leonardo Sbaraglia que sufre la crisis de la página en blanco y empieza a escribir precisamente la historia del personaje encarnado por Bárbara Lennie. Ese cruce entre realidad y ficción provoca que algunos personajes, entre ellos los interpretados por Sbaraglia y Sánchez-Gijón, parezcan, en cierto modo, conscientes del universo que habitan.
Como ocurre en Scream, donde los personajes conocen y comentan las reglas del cine de terror, aquí todos parecen moverse dentro del ecosistema de Almodóvar con plena lucidez. Las normas no se verbalizan pero están presentes: mujeres al borde de un ataque de nervios, amantes bellos e incomprendidos, abandonos, carencias materno-filiales, pueblos, canciones de Chavela Vargas y hombres que aman, desaparecen y regresan. Todo ello envuelto en miradas intensas y estampados imposibles.
Esa autoconciencia introduce una gracia nueva. Hay chascarrillos, pequeñas pullas y momentos de mala leche que sugieren que el propio Almodóvar es perfectamente consciente de lo que significa, o de lo que dicen que significa, ‘ser Almodóvar’. Y eso hace que la película resulte ligeramente distinta dentro de su filmografía. Porque, en el fondo, el propio director se parece a su protagonista: alguien que lleva años contando variaciones de una misma historia, bebiendo de su propio río vital para construir su cine. Pero eso no impide que, igual que los personajes de esta película se encaminan hacia la Navidad tras el puente de diciembre, nosotros también regresemos una y otra vez al mismo lugar.
Y ese lugar, para bien o para mal, te entusiasme más o menos cada nuevo estreno, sigue siendo el cine de Pedro Almodóvar. Volver a sus películas es regresar a un espacio donde, de algún modo, uno ha sido feliz: un Madrid tan bello como melancólico, tan reconocible como profundamente irreal.
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