Una de las cosas que más miedo me provoca en esta vida es viajar de noche. Creo que algunos de los momentos en los que más terror he sentido han sido simplemente estando sentado en el asiento del copiloto de un coche, contemplando, aparentemente inofensiva, la oscuridad. Porque cuando estamos solos en la carretera, sentimos que estamos a merced de fuerzas que están más allá de nuestra comprensión. No sabemos quién se oculta en ese bosque. No sabemos qué sucede en el área de servicio en la que vamos a parar. Solo sabemos que hay oscuridad. Oscuridad y nada más. Ese sentimiento queda muy bien reflejado en la nueva serie Algo terrible está a punto de suceder, protagonizada por una fabulosa Camila Morrone, que sostiene prácticamente sola el peso de sus ocho episodios. Netflix ofrece aquí un entretenimiento de terror muy por encima de la media, que podría situarse sin problema entre las mejores series del género disponibles actualmente en plataformas.
La trama, a primera vista, es sencilla: una pareja comprometida viaja hasta la casa de los padres del novio para celebrar su boda. Sin embargo, algo ocurre. Algo marcado por una terrible sensación de angustia, de pánico y de desesperación que invade a la protagonista y que se irá desvelando poco a poco a medida que avanza la historia. Lo verdaderamente original y meritorio de la serie es su capacidad para coquetear con distintas ramas del terror tal y como lo conocemos en el cine: el satanismo, las maldiciones, los asesinos en serie, las familias siniestras. Y, por supuesto, ese rostro inquietante de Jennifer Jason Leigh, con sus sonrisas retorcidas y su mirada oscura, que resulta difícil de olvidar. Finalmente, la serie se decanta por una línea concreta y avanza con ella de forma divertida, sangrienta e impactante, resolviendo el relato de una manera bastante efectiva, incluso sorprendente.
Pero más allá del terror, la serie funciona también como una herramienta para explorar conflictos mucho más profundos. Una de sus principales líneas argumentales plantea una pregunta inquietante: ¿realmente sabemos con quién nos casamos? ¿Con quién convivimos? Y, más aún, ¿estamos con las personas con las que queremos estar? ¿Hemos construido un entorno en el que nos sentimos queridos o simplemente hemos acabado perteneciendo al lugar al que la vida nos ha llevado?
En ese sentido, el personaje de la protagonista encarna un conflicto generacional muy reconocible. Es una mujer que no sabe qué hacer con su vida, que duda sobre su futuro, sobre su relación, sobre el entorno al que parece estar destinada. No tiene claro si ha elegido bien ni si el camino que está recorriendo es el correcto. Y, aun así, sigue adelante, intentando hacer lo que se supone que debe hacer, incluso ignorando el terror que la invade.
Y eso, en el fondo, es profundamente contemporáneo. Porque esa sensación no es solo suya. Nos pasa a muchos. Sobre todo a la gente joven, aunque en realidad le puede ocurrir a cualquiera. Vivimos con incertidumbre, con dudas constantes. Avanzamos sin saber muy bien hacia dónde, como si fuéramos copilotos en un coche que atraviesa una noche oscura. Oscuridad y nada más.