Hasta ahora lo conocíamos delante de la cámara, en ficciones televisivas como Camilo Superstar o Hit, pero Alejandro Jato ha decidido dar un paso decisivo en su trayectoria y situarse por primera vez tras ella. Con Curmán, su debut como director y guionista, el actor gallego se adentra en un territorio profundamente personal, donde memoria, identidad y tradición se entrelazan en un relato íntimo y delicado.
Rodado en Galicia y producido por Mala Herba Produccións, el cortometraje nos presenta a Antón, un niño de once años, que viaja a la aldea de sus abuelos para celebrar su primera comunión. En ese día señalado, atravesado por la familia, la religión y los rituales heredados, comienza a gestarse en él una nueva forma de mirar el mundo. Lejos de limitarse a la crónica nostálgica de la infancia, Curmán explora el instante en que la inocencia convive con la culpa, el deseo y el miedo.
La educación católica, el peso de los silencios familiares y el descubrimiento de uno mismo se convierten en el núcleo emocional de una historia que dialoga tanto con lo autobiográfico como con lo colectivo. Con una puesta en escena que combina realismo y una sutil dimensión onírica, Jato construye un universo donde el paisaje gallego funciona como un personaje más.
Desde su estreno, el corto ha sido seleccionado en más de veinte festivales y ha recibido reconocimientos destacados, entre ellos cuatro premios en el Festival de Cans (incluido el de Mejor Cortometraje de Ficción), una mención especial en el Iris Prize LGBTQ+ Film Festival y ahora la nominación a Mejor Cortometraje en los Premios Mestre Mateo. Conversamos con Alejandro Jato sobre este salto creativo y las preguntas que empiezan a definir su mirada autoral.

Curmán es tu primer trabajo como director y guionista. ¿En qué momento sentiste que esta historia necesitaba ser contada por ti y desde este formato?
Llevaba tiempo dándole vueltas a la idea de dirigir cuando sintiese que tenía una historia que tocara temas o lugares a los que me apetecía ir y por los que mereciera la pena poner todo el esfuerzo que requiere levantar un proyecto. Poco a poco, la idea de Curmán fue tomando forma y empecé a verme dentro.
Vienes de una trayectoria consolidada como actor, con trabajos en series como Camilo Superstar o Hit. ¿Qué miedos, o libertades, has descubierto al colocarte por primera vez detrás de la cámara?
He descubierto que me siento muy a gusto trabajando con actores, y haciéndolo de la manera que he descubierto que me funciona como actor y ahora también como director: creando compañía, como se hace en el teatro. Ir poco a poco, con deportividad, construyendo con tiempo. Hablando y creando un ambiente y un equipo que entiendan la delicadeza y el cuidado que hacen falta para que la libertad se dé.
El corto sigue a Antón, un niño de once años en el día de su primera comunión. ¿Qué te interesaba explorar de ese momento vital tan concreto?
Me parecía interesante ubicarlo en el día de la primera comunión porque es a partir de que recibe a Dios cuando empieza a ver el mundo de una manera distinta. Una especie de valentía hacia el descubrimiento y, a la vez, paradójicamente, un mayor miedo y una culpa más profunda por la posibilidad de ir al infierno.
La película habla de una “nueva manera de mirar el mundo” que empieza a tomar forma en él. ¿Cómo se construye cinematográficamente ese despertar interior?
Desde el guion primero y después desde los ensayos con todo el equipo. Pudimos estar durante una semana en la casa donde rodamos, viviéndola como si la ficción fuera una realidad durante un tiempo, jugando a ser una familia de verdad, con unas circunstancias parecidas a las de la historia. Todo eso ayudó mucho a construir la atmósfera y a poder capturar esa delicadeza, creo yo.
Y ya de ahí pasamos a la forma con la directora de fotografía, Alicia Francés, tratando de buscar ese viaje al pasado con un toque de realismo mágico que pudiera aportar el punto de vista onírico, con sugerencias religiosas en algunas de las secuencias clave.
Y ya de ahí pasamos a la forma con la directora de fotografía, Alicia Francés, tratando de buscar ese viaje al pasado con un toque de realismo mágico que pudiera aportar el punto de vista onírico, con sugerencias religiosas en algunas de las secuencias clave.
Galicia no es solo el escenario, sino casi un personaje más. ¿Qué papel juega el territorio en la identidad y el tono de Curmán?
Sí, efectivamente, es un personaje más. El clima, la naturaleza, el verano, el calor, las fiestas familiares, la música, lo que significa ser un hombre en ese entorno... Quizá sea similar en todas partes, pero yo conozco más esa realidad que tengo más cerca. He visto más de eso y puedo ubicar la historia ahí. Y también están los silencios que, en nuestra cultura familiar y en la de Curmán, juegan un papel importante.
¿Hay elementos autobiográficos o recuerdos personales que hayan influido en la historia, aunque no sean literales?
Sí, no de manera siempre literal, pero sí. Es un trocito de mí, aunque ficcionado, ubicado en otro lugar, de otra manera, con otros personajes y situaciones. Pero sí tiene algo de cómo recuerdo que veía el mundo, de mis inquietudes, mis dudas y, sobre todo, mis miedos.
La religión aparece como un marco importante en el relato. ¿Te interesaba más hablar de la fe, de la institución o de la experiencia íntima de crecer dentro de ese contexto?
Las tres cosas. La educación católica, seas de un entorno católico o no, está presente en la mayoría de las personas de mi generación y de las anteriores. Por mucho que el país sea laico nuestra tradición es la que es, y creo que es un lugar común que, a quien más y a quien menos, le ha influido directa o tangencialmente en su desarrollo, y especialmente en su relación con la sexualidad.
“Con los años, además de entender desde dentro qué me ayuda a mí como actor, también he ido observando qué tipo de dinámicas y entornos ayudan a dar libertad, comodidad y apoyo a los actores.”
El subtítulo simbólico de “hijo, primo e hijo de Dios” es muy potente. ¿Qué significados querías condensar en esa triple identidad?
Son los tres lugares que Antón ocupa en el corto. Y, en el momento en que intenta atreverse a mirar por sí mismo y a escuchar sus impulsos es cuando siente que el castigo o la culpa toman el control.
¿Cómo fue el proceso de trabajo con el actor que interpreta a Antón, teniendo en cuenta la delicadeza emocional del personaje?
Fuimos teniendo encuentros en su casa, con sus padres, creando la confianza que hacía falta para poder jugar en la ficción. Íbamos juntándonos también con Brais, el chico que interpreta a Marcos. En el primer o segundo encuentro nos fuimos a un escape room para que pudieran formar equipo y entender que este juego va de trabajar juntos y divertirse. Después pasamos a esa semana de convivencia previa al rodaje en la casa donde luego rodamos, y allí todo se fue dando de una manera muy natural. Lo disfrutamos mucho. La verdad es que fue una de las partes más bonitas del proceso.
Como actor, ¿crees que tu forma de dirigir está marcada por tu experiencia delante de la cámara?
Sí. Creo que con los años, además de entender desde dentro qué me ayuda a mí como actor, también he ido observando qué tipo de dinámicas y entornos ayudan a dar libertad, comodidad y apoyo a los actores. Además, creo que desde fuera muchas veces se ven más claras las necesidades de los actores que cuando uno está dentro.
Curmán ha sido seleccionado en más de veinte festivales y ha tenido un recorrido muy sólido. ¿Te ha sorprendido la acogida del corto?
Ha sido una sorpresa estupenda. No solo por las selecciones o los premios, sino por ver que conectaba con el público. Poder escuchar a públicos de edades muy distintas sentirse reconocidos o emocionados por la historia ha sido, y está siendo, el mejor reconocimiento.
Ganar cuatro premios en el Festival de Cans, incluido Mejor Cortometraje de Ficción, ¿supuso una validación especial al tratarse de tu tierra?
Solo vivir esos días en ese festival tan especial ya fue increíble. Y los premios en casa fueron una sorpresa maravillosa. Estábamos parte del equipo, mi familia y amigos, y fue una celebración.
La mención en el Iris Prize LGBTQ+ Film Festival ha situado el corto en un contexto queer europeo. ¿Te interesa que dialogue desde ahí?
Sí, eso no lo esperábamos. Ya estar en ese festival con los mejores cortos LGTB del año fue increíble. Poder presentarlo y dialogar con otros creadores de todo el mundo a ese nivel fue una experiencia muy especial. En general, me ha gustado ver que el cine hecho desde lo local, con historias y equipos de Galicia, llegan fuera. A otro nivel, pero veo que últimamente las historias de Galicia interesan, y eso demuestra que tenemos una industria y un imaginario propios. Sentirme parte de eso está siendo muy emocionante.

¿Cómo ha sido ver que una historia tan íntima conecta con públicos y jurados tan distintos?
Es muy mágico imaginar una historia en tu casa, con trozos de tu vida, de tu imaginario y de tu mundo, y ver después que se entiende y que conecta. También es un motor para seguir creando y construyendo.
La infancia suele retratarse desde la nostalgia o la idealización. ¿Cómo evitaste caer en eso y buscaste una mirada más honesta?
Sí, buscamos apoyarnos en cierta nostalgia, ubicándola a finales de los 90 y principios de los 2000, para darle una sensación de recuerdo lejano que creíamos que ayudaba a entrar en el viaje y en el cuento que se proponía. Y creo que funciona. En realidad, mirar a la infancia de frente, sin infantilizar los conflictos que se viven ahí, que en muchos casos arrastramos hasta el presente, me parecía la manera más interesante de acercarnos. Observar o plantearnos en qué momento nacen las heridas y fisuras que llevamos durante la vida. Poder mirarlas con la óptica del tiempo y haciendo cine ha sido un viaje muy interesante a todos los niveles.
¿Qué fue lo más difícil de dirigir tu primer corto?
Lo más difícil fue la postproducción y tener la deportividad de soltar la idea inicial para ver la película que habíamos hecho, sin quedarnos demasiado pegados a lo que estaba sobre el papel, y dejar que la historia volase hacia donde ya estaba yendo. Aprendí mucho de eso.
Ahora que has pasado por todo el proceso, ¿hay algo que harías de otra manera si volvieras a empezar Curmán?
No habría tantas cosas que haría distintas si dirigiera de nuevo este proyecto concreto. Quizás las relacionadas con tener algo más de medios o una postproducción con más orden o un calendario más claro para no alargarla tanto. Pero, en esencia, me gustaría que las futuras experiencias se parecieran a esta. Encontramos una manera muy nuestra de hacer con la que todos nos sentimos muy a gusto.
La nominación a los Premios Mestre Mateo marca un nuevo hito. ¿Qué significa este reconocimiento para ti?
Estamos muy felices por la nominación. En realidad los premios sirven, aparte de por el propio reconocimiento, que nos hace mucha ilusión, de lanzadera para dar más visibilidad al proyecto y que llegue a más lugares, a más público y eso es lo que más ilusión nos hace. Nos sentimos muy afortunados de estar ahí.
Después de este debut, ¿sientes que la dirección es un camino que quieres seguir explorando?
Sí. Tengo más ideas que me gustaría llevar a cabo cuando tenga más tiempo. No tengo ambiciones muy claras como director más allá de seguir aprendiendo poco a poco y seguir contando historias cuando de verdad sienta que tengo algo que aportar y que me apetezca explorar.
Si Curmán fuera una semilla de todo lo que quieres contar en el futuro, ¿qué temas o preguntas crees que seguirán apareciendo en tu cine?
Alguien a quien admiro mucho decía hace poco que un artista tiene una o dos preguntas que lo acompañan durante toda su vida aunque adopten formas distintas. El paso del tiempo, la duda, la angustia existencial y el crecimiento ya estaban en Curmán de alguna manera, y supongo que seguirán apareciendo, de forma más o menos evidente, en las historias que vengan.


