El año en que Aída llegó a la televisión, hace ya más de dos décadas, se acababa de anunciar la salida del iPod Shuffle, Destiny’s Child estaba en mitad de su última gira y yo acababa de hacer mi primera comunión. No tendría sentido esperar que Apple siguiera vendiendo reproductores de música, que el ya disuelto grupo de Beyoncé grabara un nuevo disco ni que yo intentara volver a enfundarme el traje de marinerito. Tampoco lo tendría estrenar una continuación de Aída en 2026. Al menos, no una al uso.
La realidad social, los códigos humorísticos y la industria del entretenimiento han cambiado tanto en estos veintiún años que retomar la historia de Fidel, el Luisma y Mauricio Colmenero exactamente donde se había dejado podría haber resultado un bocado difícil de digerir. En su lugar, Paco León ha optado por armarse de la metaficción para dirigir y coescribir una película que traslada la acción detrás de las cámaras. Camerinos, salas de reuniones y alfombras rojas ocupan ahora el espacio que antes pertenecía al bar Reinols y a la tienda de Chema. El reparto original pasa a interpretarse a sí mismo, con nombres y apellidos reales y, con la grabación de un capítulo de Aída como telón de fondo, reflexiona sobre el impacto que tuvo la serie en sus vidas, sobre las alegrías y frustraciones de la fama, las constricciones de las productoras audiovisuales y los límites del humor.
El resultado es un producto que logra diferenciarse del resto de platos del menú de refritos y que, aun siendo estimulante, podría resultar frustrante para un público desprevenido que acuda a las salas movido únicamente por la nostalgia. Estos, sin embargo, podrán encontrar un código QR escondido entre los créditos que les llevará a la visualización del capítulo completo. En palabras del propio director, han vendido el making of y regalado el producto final.
Aída y vuelta no es la primera obra que emplea la metaficción para contar la historia que hay detrás de su propia historia. En ese mismo 2005 en el que visitábamos por primera vez el barrio de Esperanza Sur, se celebraba en todo el mundo el 400.º aniversario de la publicación del Quijote. A su éxito le siguió una secuela bastarda: una segunda parte escrita por un autor ajeno al original. ¿La reacción de Cervantes? Escribir la suya propia. Don Quijote, encumbrado por la fama que le había dado la primera parte de sus aventuras, descubre un ejemplar de esta continuación falsa y, junto a su escudero, se dedica a desacreditar el libro e insultar a su autor.
Pero ¿por qué metaficción? Si el objetivo de la película era hablar de cómo vivieron los actores la producción de la serie, ¿por qué no sentarlos simplemente frente a una cámara y hacerles preguntas? Hace unos días, A24 estrenó en el Festival de Sundance The Moment, un falso documental sobre la era Brat de Charli xcx. La cantante, que se interpreta a sí misma, explicaba que la idea surgió de la presión externa por grabar un documental similar a los que estaban haciendo otros artistas de su entorno. El director Aidan Zamiri apuntaba que, al plantearlo como una ficción guionizada, habían conseguido un producto mucho más vulnerable y honesto. Parte del elenco de Aída ha reconocido que afrontó la lectura del nuevo guion con cierto miedo y que respiró aliviado al comprobar que las realidades que iban a contar habían sido modificadas, condensadas o desplazadas hacia otros compañeros. En la lucha de Carmen Machi por abandonar el papel más importante de su carrera no hay más nombre propio que el suyo. La existencia de un guion blinda a los actores: todo es verdad y todo es mentira.
Ya sea para matar a Don Quijote y al Brat Summer o para resucitar a Aída, la ficción tiene la potestad de exponer facetas de la realidad que esta tiende a ocultar y, en el proceso, volverla aún más real.