En un balance de electrónica y pop difícil de encasillar, 1111 ha construido uno de los proyectos más singulares de la nueva escena estatal en tiempo récord. Pero ellos prefieren hablar de “colectivo” antes que de grupo; una diferencia que no responde solo a terminologías, sino a una manera, la suya, de entender la creación: sin jerarquías fijas y con las canciones como espacios compartidos.
Historias de ángeles no es solo su segundo trabajo, sino también el resultado de aprender a convivir con la espera y de saber “matar canciones”. En conversación con ACERO, hablamos sobre la construcción del concepto, sobre pasar de reunirse en Madrid Río a un estudio de grabación, y sobre todo lo que cuenta lo que se deja atrás.
Si empezamos por el principio, tiene que ser resolviendo dudas. Os definís como “colectivo” y no como “grupo” musical.
Sentimos que la idea de grupo no termina de representarnos. La estructura que plantea suele evocar roles fijos, y lo nuestro no funciona así. Somos tres productores, y dentro de una misma canción las funciones pueden ir rotando. Lo que sostiene 1111 no es una formación cerrada, sino una forma compartida de crear.
Vuestra carrera ha sido breve pero muy intensa. Formación en 2022, un EP para romper el hielo, primer álbum en 2023… ¿Habéis tenido el clásico vértigo creativo del artista emergente, con esa necesidad de crear para adecuarse al ritmo de la industria, o es ese modus operandi parte de la personalidad de 1111?
Más que vértigo, al principio lo que había era pura inmediatez. El primer disco se grabó en mes y medio y todo ocurrió tan rápido que, cuando lo terminamos, no supimos muy bien qué había pasado. Fue casi como un sueño. No sentíamos presión de la industria, éramos nosotros funcionando a esa velocidad porque nos salía de forma natural. La necesidad de capturar las ideas en el momento exacto en que aparecen forma parte de nuestra manera de ser.
¿Qué ha cambiado desde entonces?
Hemos aprendido a tener paciencia. Antes las canciones nacían y morían muy rápido; ahora hemos logrado vivir fases del proceso creativo que no conocíamos, como desarrollar una idea durante meses, volver a ella y también saber cuándo dejarla ir. Hemos descartado muchísimo material, y eso solo se puede hacer cuando te das tiempo. También ha cambiado el entorno: tenemos un equipo nuevo alrededor y el contexto es distinto. Pero lo esencial es ese cambio de ritmo, hemos pasado de la pura velocidad a saber convivir también con tiempos más lentos.
“La necesidad de capturar las ideas en el momento exacto en que aparecen forma parte de nuestra manera de ser.”
Los tres tenéis un recorrido muy vinculado a la música desde niños, ya sea por lazos familiares o por curiosidad de cuna. ¿En qué momento se transforma ese nexo casi instintivo en una necesidad de definirlo, de hacer proyectos?
Los tres teníamos una relación muy individualizada con la música, y conocernos forjó en nosotros una sensación de pertenencia muy reveladora. La necesidad de definirlo nace de ahí, del amor y la pura comprensión. El momento de querer ponerle nombre a todo esto llegó a raíz de empezar a quedar en un espacio autogestionado cerca de Madrid Río, sin ninguna intención concreta, solo para compartir lo que escuchábamos. En algún punto, aquella cosa instintiva se convirtió en ganas de construir algo juntos.
Habláis de que Historias de ángeles, vuestro nuevo disco, nace de “un álbum que nunca salió”. ¿Por qué ahora sí?
El álbum que nunca salió tuvo que morir para que este pudiera nacer. Es un trabajo posterior y completamente distinto. No vivimos lo otro como un fracaso, sino como una fase necesaria. Aquel material se descartó pero nos enseñó muchísimo sobre qué queríamos decir y, sobre todo, qué no. Sin haber desechado aquello, este disco no habría sido posible.
Concretamente, nace de una selección entre más de veinte descartes. ¿Cómo se decide qué encaja y qué no?
Es una de las cosas más difíciles. Al principio cuesta mucho acabar con una idea en la que has invertido tiempo, pero hay canciones que hay que saber matar. Una canción puede funcionar y, aun así, no pertenecer al imaginario de lo que se está construyendo. Cuando las tres miradas coinciden en que algo tiene que quedarse, se nota enseguida; y cuando una pieza te obliga a forzar todo lo demás para que encaje, suele ser señal de que sobra. Ayuda mucho la honestidad que hay entre nosotros: todo lo que uno propone se escucha de verdad y, por eso, descartar no es nada dramático, es parte del proceso. Jamás nos casamos con las ideas.

Hablando mal y pronto, y teniendo en cuenta que tocáis muchos palos dentro de la electrónica, hay dos formatos de canción principales: la recitada, más o menos testimonial, de ritmo lento, y la rítmica, más rápida y cercana a lo que entendemos como electropop. ¿Es una dicotomía consciente dentro del proyecto o son simplemente formas diferentes de canalizar?
No lo planteamos como dos formatos separados, pero reconocemos esa tensión y nos gusta habitarla. Tiene que ver con algo que perseguimos mucho: trabajar las intensidades al máximo sin quedarnos en términos medios. Más que una dicotomía consciente, son dos formas e intenciones distintas de canalizar la misma emoción. Lo que de verdad nos interesa es el contraste que generan conviviendo dentro del mismo disco.
¿Qué requisitos tenía que cumplir un tema para entrar en Historias de ángeles?
Más que requisitos cerrados, había una especie de prueba de pertenencia. Todas las canciones, tanto juntas como por separado, tenían que tratar de reflejar de la forma más fiel posible lo que han sido para nosotros estos últimos dos años.
El disco abre de forma muy violenta. “Salte fuera y rómpeme los dientes mientras pienses en mi madre”. Aunque, en general, hay más temas “amenazantes”: De sol a sol o El odio ajeno, por ejemplo, bastante antisistema. ¿Hay una intención consciente de incomodar?
No buscamos incomodar por incomodar. Esa sensación aparece porque intentamos ser honestos con cosas que de verdad nos remueven. La violencia en nuestras letras nunca va sola, convive con las cosas que nos pasan en el día a día, y ahí está el punto crudo. Si una canción incomoda, probablemente sea porque toca algo real, y eso nos parece mucho más interesante que algo que únicamente refleja violencia sin mesura.
“Si una canción incomoda, probablemente sea porque toca algo real, y eso nos parece mucho más interesante que algo que únicamente refleja violencia sin mesura.”
Entre los hilos conductores del álbum también están las colaboraciones. Merina Gris, Hofe, Kiliki… ¿Es esto parte del concepto de “colectivo” musical en vez de grupo?
Sí, está muy ligado. La palabra colectivo cambia la manera en la que se entiende una colaboración: no es invitar a alguien a tu canción, es construir algo único con esa persona. Viajamos a Donosti para grabar con Merina Gris sin tener una idea clara de lo que queríamos hacer. Nos abrieron las puertas de su local, pasamos dos días enteros allí dentro y, precisamente por eso, la canción salió adelante. Con Hofe, Kiliki y Claudio pasó algo parecido. Los tres se involucraron en las canciones desde dentro, no desde fuera. Eso, para nosotros, fue lo más bonito.
Hablemos de Que me baile. Comentáis que ha pasado por muchas versiones, con finales alternativos, y que se acabó “salvando” de ser un descarte.
Que me baile es la prueba viviente de que darle tiempo a una canción merece la pena. Estuvo a punto de quedarse fuera, y al final ha acabado siendo muy importante dentro del disco. Ha pasado por mil versiones y tardamos casi dos años en cerrarla. Precisamente por eso la salvamos. Cuando una canción se resiste tanto pero sigues volviendo a ella una y otra vez, suele ser porque tiene algo que aún no has terminado de entender.
La producción de este disco no trata solo de la composición de la música, sino de la creación de espacios. Habláis de escenarios recurrentes (palacios triangulares, ambientes rodeados de ángeles), e incluso de hacer field recordings en hospitales.
Realmente no hay una simbología angelical detrás del disco más allá del título. Simplemente nos gustó, pero ni las canciones ni el hilo conductor están ligados a él. Fue una manera de recoger todos estos últimos años de trabajo bajo un mismo nombre.
A pesar de eso, es cierto que nos interesa mucho construir espacios. Cuando escuchamos algunas de las canciones del disco viajamos al momento exacto en el que las grabamos: vuelven olores, lugares y conversaciones. Está claro que quien lo escuche desde fuera no va a conectar con esos recuerdos, pero nos encantaría que la música active en las personas algo parecido a lo que nos hace sentir a nosotros.
Hablemos de Que me baile. Comentáis que ha pasado por muchas versiones, con finales alternativos, y que se acabó “salvando” de ser un descarte.
Que me baile es la prueba viviente de que darle tiempo a una canción merece la pena. Estuvo a punto de quedarse fuera, y al final ha acabado siendo muy importante dentro del disco. Ha pasado por mil versiones y tardamos casi dos años en cerrarla. Precisamente por eso la salvamos. Cuando una canción se resiste tanto pero sigues volviendo a ella una y otra vez, suele ser porque tiene algo que aún no has terminado de entender.
La producción de este disco no trata solo de la composición de la música, sino de la creación de espacios. Habláis de escenarios recurrentes (palacios triangulares, ambientes rodeados de ángeles), e incluso de hacer field recordings en hospitales.
Realmente no hay una simbología angelical detrás del disco más allá del título. Simplemente nos gustó, pero ni las canciones ni el hilo conductor están ligados a él. Fue una manera de recoger todos estos últimos años de trabajo bajo un mismo nombre.
A pesar de eso, es cierto que nos interesa mucho construir espacios. Cuando escuchamos algunas de las canciones del disco viajamos al momento exacto en el que las grabamos: vuelven olores, lugares y conversaciones. Está claro que quien lo escuche desde fuera no va a conectar con esos recuerdos, pero nos encantaría que la música active en las personas algo parecido a lo que nos hace sentir a nosotros.
¿Hasta qué punto no es solo un proyecto musical, sino una construcción simbólica?
Cada vez lo vemos más como una construcción simbólica que se expresa a través de la música, pero que no se agota en ella. La música es el centro, pero alrededor hay un imaginario, unos espacios, una estética y una forma de sentir las cosas que son igual de importantes. Al final hacemos esto para intentar explorar al máximo aquello que nos emociona. El disco no es solo un conjunto de canciones, es el reflejo de lo que han sido nuestras vidas durante estos últimos años, con todo lo que ello implica.

